Si bien no es
imprescindible, para ponerlos en antecedentes, recomiendo leer primero el relato
¡WELCOME TO ENGLAND!, que apareció en el blog el mes anterior. Un mini resumen
indicaría que se trataba de un viaje ocurrido por 1986 ó 1987 para una
capacitación laboral en Londres. La llegada había sido un poco accidentada por
alguna situación en la Aduana, que leída hoy seguro resulta muy graciosa, pero
que en ese momento fue algo tensa. El desarrollo de esos hechos se encuentra en
el relato antes mencionado. Tal como les anticipaba en esa anécdota, no fue lo
único especial que me sucedió durante esa estadía en Londres.
Junto a los otros dos
gerentes rioplatenses que íbamos a participar en la capacitación a partir del
día siguiente, salimos a cenar esa noche. Somos latinos y no queríamos ir luego
directamente al hotel a dormir, por lo que decidimos salir a caminar.
Buscábamos algún pub que fuera especial e interesante. Y lo encontramos.

Nunca sabré cómo fue que se
me ocurrió decirles a mis otros dos acompañantes:
- - Yo entro.
- - Vos estás loco.
- - Solo por un momento, a ver qué tal es el
ambiente. Vamos los tres
- - Ni en tus sueños.
- - Pero, te das cuenta que allí te van a violar,
te van a llenar de golpes, y luego te van a dejar tirado en la calle, si es que
sobrevivís. Entrá vos solo. O no, no entremos ninguno, no es para nosotros,
esos tipos no son precisamente unos lord ingleses.
- - No sean tan aguafiestas. Yo voy, entro, pido
una cerveza, los saludo desde adentro, y salgo por la otra puerta.
- -
¿Y cuando se arme el despelote? No te salvas.
- - Llamen a la policía. Griten. ¿Qué podría
pasar? Es un lugar público y si quiero entrar, entro.
-
- - La bestia que está en la puerta ya te está
mirando feo.
-
- Voy, pero ustedes quédense aquí enfrente.
Mis amigos vieron que estaba hablando en
serio, y realmente estaba por cruzar la calle y meterme dentro del infierno
mismo. Me pidieron que desista, pero ya estaba resuelto. Comencé a caminar en
dirección al bouncer y al pub que estaba detrás de su escultural espalda.

- - Excuse me, no sir!
Entendí
claramente su indirecta. No hicieron falta explicaciones adicionales, y admito
que yo tampoco se las reclamé. Volví sobre mis pasos, retrocediendo de
espaldas, mirándolo a los ojos, como diciéndole “me voy porque yo quiero”. Mis
amigos me abrazaron ya un poco más relajados, y me sugirieron que me cruce
nuevamente, pero esta vez para agradecerle por haberme salvado la vida.
Terminamos la noche tomando una cerveza en otro pub donde concurrían oficinistas y gerentes
luego de su trabajo. Seguramente el sabor era el mismo en cualquier pub.
O de eso
intenté convencer ami herido orgullo.