martes, 15 de mayo de 2018

TRANQUILO, QUE NO PASA NADA


Para esa  época, yo era un supervisor recién ascendido, con poca experiencia. Pese a eso, en un acto de extrema confianza, un gerente “pesado” me designó como su suplente durante sus merecidas vacaciones. Estaba previsto que todos los gerentes y socios designaran para cada uno de sus clientes un suplente para ausencias de más de un día, sea o no que se espere que existan temas para hacer seguimiento en la ausencia. Por lo general, la asignación recaía en un colega que ya tuviera un conocimiento específico anterior del cliente y de sus funcionarios. No era éste el caso. No había prestado servicios en éste cliente (una empresa multinacional croata –se ha modificado el país a efectos del Blog) en ninguna categoría, bajo ningún concepto y desconocía completamente a la Gerencia de la empresa.

Cuando el gerente emitió su memo de ausencia con la distribución de su cartera de clientes, le remarqué la circunstancia, pero él me contestó en forma muy segura “Tranquilo, que no pasa nada”. No había ningún vencimiento, ni ningún tema pendiente que pudiera molestarme en su período de vacaciones. Absolutamente nada para preocuparse.

El lunes siguiente, primer día de la semana laboral y primer día de receso de mi experimentado colega, su secretaria que tenía la lista de distribución de clientes en ausencia, me contactó y consultó:

-       Vos estás a cargo estas dos semanas del cliente Zagreb (nombre ficticio utilizado para el Blog)?”
-          Si. ¿Sucede algo? –pregunté tímidamente.
        Llama el Controller y cuando le dije que el gerente estaba de vacaciones, pidió hablar con urgencia con su reemplazante.
-            Pasame la llamada –dije en un tono que intentaba demostrar seguridad y resolución.
-          Hola. Soy Rakitic I (nombre ficticio utilizado para el Blog). Señor Daniel, necesitamos que su estudio nos emita hoy mismo un certificado.
-          Con gusto. ¿De qué se trata?
      Requerimos que nos certifique que el miércoles 27 del próximo mes pagaremos unas importaciones de maquinarias y gastos intercompany por US$ 1.200.000 (la cifra también es ficticia, simplemente porque no me acuerdo la real).
-          Me temo que no podremos emitir tal certificado, -contesté con cierto temblor en la voz.
-          ¿Cómo que no puede emitir el certificado.      
  —  Nos es imposible certificar un hecho futuro semejante. Una vez que hagan el pago podremos sin problemas certificar la fecha, banco, importe, concepto. Etcétera, pero lo otro, no. Ahora podemos certificar la registración contable del pasivo, los datos de la factura, pero no la fecha en que va a ser abonada –trate de persuadirlo.   
    —    Pero, de mi casa matriz me exigen ese certificado, y si ellos lo piden, es porque Ustedes (remarcado) pueden y tienen que emitirlo.

-      Desconozco lo que le informaron desde su casa matriz, pero no pueden pretender que certifiquemos ahora hechos que pueden o no suceder en una fecha futura desconocida, aunque sea el miércoles del próximo mes. Necesitaríamos tener documentación que respalde esa afirmación sobre lo que se hará en el futuro. Lo siento.
-       Voy a tener que informar esto al Gerente General. No es la forma en que se trata a un cliente como nosotros, y le avisaré al socio y al gerente del estudio  –dijo el Controller en una forma tal para que me sintiese agraviado.
-     No pretendo incomodarlos, pero técnicamente no podemos satisfacer ese pedido. Y si usted quiere hablar con el socio (que también había salido unos días y no había dejado reemplazo para éste cliente, ya que “no pasaba nada” durante los días de ausencia) o con el gerente, por supuesto que es libre de hacerlo.Escuché un “click” cuando cortaron del otro lado. Quince minutos después recibí la llamada del Gerente General, Rakitic II.


-          Me acaba de informar Rakitic I que Usted se niega a emitir el certificado que le estamos solicitando para nuestra casa matriz.
     De modo alguno me he negado a la emisión del certificado, Sr Rakitic II. Lo que le expliqué al Sr. Rakitic I, es que nos es imposible emitir un certificado afirmando algo que aún no ha acontecido. Podremos hacerlo con gusto una vez que se haga el pago –le comenté tratando de ser amigable.
-          Eso ya no nos serviría. Casa matriz necesita otra cosa. Voy a tener que llamarlo al socio y al gerente (¡Qué manía de llamarlos!). Espere en línea que lo contactaré al Controller mundial.
     A continuación escuché la voz de Rakitic II hablando en croata (eso supuse yo) con su jefe en Casa Matriz, la charla, que se adivinaba agitada, no me dio demasiadas pautas de lo que se venía, considerando mi nulo conocimiento del croata. Luego de esos intercambios de palabras, me avisó que me transferiría la llamada directamente con Rakitic III (nombre ficticio como todos los demás). El diálogo fue similar a los otros dos anteriores con una parte presionando para que emitamos un certificado que no podíamos emitir, y la otra tratando de explicar la imposibilidad de certificar que la empresa va a efectuar un pago en una fecha futura, y ofreciendo certificar lo que se podía afirmar. No hubo caso, luego de amenazar con llamar al socio y al gerente (ya me había acostumbrado), cortaron la comunicación.
    
    Cumplieron. Lo llamaron al gerente al lugar donde vacacionaba y, afortunadamente para el mantenimiento de mi cabeza en su lugar, mantuvieron mi postura y acordaron en emitir un certificado con lo que se podía soportar documentalmente y verificar.  En años siguientes seguí reemplazando a ese gerente en sus clientes durante sus ausencias.

     Conclusión: Cuidado cuando les asignen una responsabilidad mientras simultáneamente les dicen “Tranquilo, que no pasa nada”. Averigüen primero.


domingo, 18 de marzo de 2018

¿COMO ERA QUE SE LLAMABA?



Nuevos asistentes se habían incorporado recientemente al estudio de auditoría donde yo trabajaba. No sabíamos si se trataba de un tema generacional, genético o una mera casualidad, pero los tres jóvenes coincidían en tener una personalidad  tal que podrían calificarse como soberbios, arrogantes, presuntuosos o simplemente, engreídos.
Los encargados de trabajo percibieron esos rasgos y, ni cortos ni perezosos decidieron que había que hacer “algo” para tratar de que no se consideraran unos “winners” y trataran mal al personal del cliente y a sus compañeros. Algunas inocentes bromas se prepararon y planearon entre los distintos encargados. Aquí van algunas que aún recuerdo.

Asistente N°1. A efectos de resguardar a los involucradoslos nombres de los asistentes, y de los encargados se omitirán en este relato.

En la oficina del cliente donde se hacía la auditoría mantenían los dos ejemplares muy voluminosos de la Guía telefónica de la Capital Federal, más el ejemplar de las Páginas amarillas (los muy jóvenes pueden preguntarle a los adultos cercanos respecto al volumen y peso de esos ejemplares).  El encargado solicitó a la gente de Correspondencia que le hiciera un enorme paquete con papel de envolver con los tres volúmenes, rodeándolo de sogas para que no se desmantelara. En ese paquete hizo colocar una etiqueta con los datos de un encargado que estaba realizando una auditoria en la otra punta de la ciudad, y con el que previamente habían hecho ciertos acuerdos. Se le explicó a Asistente N°1 que tenía que llevar rápidamente ese paquete con documentación (por supuesto sin revelarle el contenido) a la dirección del otro cliente, donde lo esperaba el encargado. Se le aclaró que no había posibilidad de pagarle taxi, debido a que el cliente no reconocía gastos de traslados, por lo que tendría que llevar el muy pesado paquete viajando con dos buses ya que no había ninguno directo.

No muy bien dispuesto a tener que realizar un trabajo que consideraba inferior, casi humillante, sabía que debía aceptarlo por ser su primera asignación. Alzó como pudo el paquete y se dirigió en un caluroso día a la parada de micro. Hizo todo el trayecto y aproximadamente 90 minutos después se presentó, agotado, ante el encargado de auditoría del otro cliente.
—¿Trajiste el paquete? Buenísimo, lo estaba necesitando con urgencia. Te agradezco.
Dicho esto, el encargado abrió el paquete frente a los azorados ojos del Asistente N°1, tomó en sus manos la Guía telefónica, la abrió y comenzó a hojearla frenéticamente de un lado a otro, murmurando algún “¿Cómo era que se llamaba?”, hasta que se detuvo en una página cualquiera, exclamó un “¡A éste lo estaba buscando”  y escribió en un papel los datos de una persona y su número telefónico. Volvió a envolver las tres guías y se las dio al Asistente N°1 aclarándole “Listo, ya podés llevársela de vuelta al encargado que me las mandó”.

Asistente N°2.

El asistente tenía que viajar esa tarde para una auditoría en Mendoza. Trajo su valija a la oficina para tener todo listo para ir al aeropuerto directamente. Les habían asignado una oficina que contenía en su decoración un cuadro de unos 75 x 50 cm con un motivo marítimo, o algo así. En un momento en que Asistente N°2 salió para ir al baño, el cuadro fue descolgado e introducido en su equipaje que, convenientemente, no había cerrado con candado. La obra pictórica abarcaba la totalidad de la valija, pero entró. Cuando llegó el momento, se despidió del equipo de trabajo, tomó su equipaje al que notó algo más pesado y se fue al Aeropuerto. Cuando le tocó pasar su equipaje por el aparato de rayos X, el oficial lo consultó “¿Qué lleva en la valija?”. Su lógica e inocente respuesta fue “Nada. Ropa para una semana y papeles de trabajo para una auditoría”. El oficial aún no conforme le abrió la maleta, apareciendo en primer término y abarcando toda la valija, la pintura enmarcada de motivos marinos. “¿Esto también es para su trabajo?”. El Asistente N°2 solo atinó a enrojecerse avergonzado. Se podía visualizar que era una reproducción barata, claramente no había desvalijado ningún museo, y lo dejaron ir a sus obligaciones laborales.
Al llegar a la oficina de su asignación, lo recibió el encargado de trabajo, le preguntó si le habían enviado un cuadro. Parecía que estaba previsto, lástima que no le avisaron. El encargado tomó el cuadro y le pidió a Asistente N°2 que junto con otro asistente sostengan el cuadro y lo presentaran en una pared vacía. Dio unos pasos para atrás, pidió que lo probaran en distintas posiciones, ubicándolo aquí y allá. Finalmente, negando con su cabeza le dijo al Asistente N°2: “Lástima, pensé que aquí quedaría bien”. Colocó nuevamente el cuadro haciendo presión en la valija y le pidió: “Favor, le decís muchas gracias de mi parte al encargado de Buenos Aires. Una pena que no combinan los colores”

Asistente N°3

A éste asistente se le hizo un repaso de la metodología para efectuar un arqueo, un recuento de fondos y la forma de documentarlo. Inmediatamente después se le indicó que debería ir a un muy importante hotel alojamiento (albergue transitorio, hotel para parejas, hotel por horas, o del modo que actualmente lo denominen), que era cliente de auditoria del estudio y realizar un arqueo sorpresivo de la caja. Como el estudio tenía diversos clientes en varios tipos de negocio, le pareció extraño, pero no imposible. Y allí fue al hotel que, por supuesto, no era cliente del estudio. Se presentó con todo el ímpetu de su primera asignación pretendiendo efectuarle un recuento de fondos sorpresivo al cajero y a cargo del hotel quién, al verlo entrar solo y no en pareja, asumió que quería pagar el turno de la habitación para ver videos pornográficos. Por supuesto que le pareció un despropósito lo de exhibir el dinero de la caja ante un desconocido presuntuoso y, ante las amenazas de llamar a la Policía, el Asistente N°3 terminó por asumir su fracaso y volvió triste a la oficina donde no esperaba encontrarse con los rostros sonrientes del encargado y demás compañeros.



Epílogo

Durante cierto tiempo se mantuvo una relación tensa entre los nuevos asistentes y los encargados, pero todos cedieron un poco y eventualmente tuvieron buen trato y algunos quedaron como amigos. Los muchachos hicieron carrera en el estudio. Varios años después uno de ellos fue admitido como Socio, y los otros dos  Asistentes llegaron a la posición de CFO en grandes empresas. De los Encargados aquí mencionados, perdí totalmente su rastro.

lunes, 15 de enero de 2018

VACANTE OFRECIDA

Me había quedado sin trabajo en un momento muy complicado en la economía y política de Argentina. Una noche, a eso de las 23.00 horas, me saca de la cama una llamada telefónica. Era un muy amigo mío. Se disculpó por la hora, pero era imprescindible que la información que él tenía, me fuera transmitida de inmediato.  Quería avisarme que ese mismo día a las 24:00 horas vencía el plazo para proponerse para la vacante de Contador General de las Naciones Unidas, posición con residencia en Nueva York y otros interesantes beneficios. Por sus reglamentos, o algo así, tenía que ser alguien con título de Contador que no fuera estadounidense. Había un link con una página de las UU.NN. para completar la postulación  ¿Y se acordó de avisarme una hora antes?


El hecho es que la búsqueda había aparecido en el semanario “The Economist”, que tiene una extensa lista de circulación interna dentro del  estudio (Big 4) donde él trabajaba, y tuvo que aguardar que, previamente, unos 30 socios la recibieran en su bandeja de IN, en algún momento la revisaran y luego la depositaran en su bandeja de OUT,  para seguir la lista de distribución, en la que los gerentes estaban “al fondo” de la lista. Por eso se demoró tanto en tener la información y solo me la pudo pasar a minutos de su vencimiento.

Era una carrera contra el tiempo, buscar un CV mío en Inglés, actualizarlo y adaptarlo a algo que pudiera ser atractivo para esa posición, revolviendo en mi memoria todo trabajo que hubiera realizado para control de proyectos financiados por organismos del exterior. Encontré algunos financiados por Banco Mundial, el BID y distintas ONG.  Ninguno por las Naciones Unidas, ni que se utilizara el sistema contable con el que se manejan, requisito muy conveniente para esa posición.  Sin duda, una contabilidad distinta, registrando y controlando ayuda alimentaria otorgada a África, consumos de los Cascos azules en Haití, o los almuerzos servidos a los miembros del Consejo de Seguridad en Nueva York, por dar algún ejemplo.

Llegué a enviar la postulación en los últimos segundos en que el  “portal” estaba abierto. Explícitamente decía que luego de las 0:00horas no se recibiría ningún CV. Me sentía como en las películas de James Bond o Misión imposible, acción cuando desactivan los cables de la bomba que está por explotar en los últimos cinco segundos. La página de internet decía claramente que nadie debía de comunicarse con la ONU para consultar y que ellos se comunicarían con “la persona indicada” a su debido tiempo.

Sabía que no tendría posibilidad, ya que asumí que había dispersos por el mundo muchos contadores con experiencias variadas en proyectos de las UU.NN. Efectivamente, nunca me llamaron, y considerando que transcurrieron más de quince años, indudablemente ya no lo harán. Indudablemente fue la posición más  “extraña” para la que postulé en mi vida. Con el tiempo aparecieron otras postulaciones, otras entrevistas y otros trabajos. La vida siguió su curso.

jueves, 21 de diciembre de 2017

¡WELCOME TO ENGLAND! – PART III – PALABRITAS MAGICAS


Si bien no es imprescindible para ponerlos en antecedentes, recomiendo leer los relatos  ¡WELCOME TO ENGLAND! PART I and II, que aparecieron en el blog en Octubre y Septiembre  (están a la derecha abajo de la página). Un mini resumen indicaría que se trataba de un viaje ocurrido por 1986 ó 1987 para una capacitación laboral en Londres. La llegada había sido un poco accidentada por alguna situación complicada en la Aduana, que leída hoy seguro resulta muy graciosa, pero que en ese momento fue algo tensa. En la PART II se incluía otro momento desafortunado en el intento de ingresar a un pub exclusivamente de punks y un pequeño altercado con el inmenso “bouncer” que custodiaba el lugar de la presencia de indeseables, categoría en la que yo entraba. Tal como les anticipaba en esos relatos, esas no fueron las únicas situaciones especiales que me sucedieron durante esa muy breve estadía.

El curso que había motivado mi viaje se desarrollaba en las afueras de la ciudad en jornada completa. Me pareció un buen programa, tan pronto finalizó la capacitación del día, abordar el tren a Londres y luego el metro para visitar la espectacular e histórica Abadía de Westminster. Sabía que tendría poco tiempo antes de que cerraran. Corrí y llegué con el margen justo como para entrar y sacar mi ticket, o eso creía. Al intentar ingresar, un sacerdote se me interpuso (en una situación parecida, pero no similar a la del “bouncer” del pub de la PART II), y amablemente me indicó que el horario para visitantes estaba terminando por lo que ya no vendían tickets y debería regresar más temprano otro día. Frustrado, regresé al hotel.


Solo me quedaba una oportunidad. En el día final de la capacitación, la jornada terminaba  un poco antes. Al día siguiente volvía a Buenos Aires. Con suerte iba a poder llegar a tiempo. Salí del curso más rápido que Flash, el tren y el metro colaboraron y sabía que esa vez lo lograría. O casi. Al acercarme a la abadía pude observar una muy larga fila de automóviles Rolls Royce negros, una alfombra roja llegando a la calle y un sacerdote muy engalanado (tal vez era el mismo que pocos días atrás me había bloqueado la entrada) saludando con reverencias a los que iban descendiendo de los autos, todos ellos vestidos de gala para la ocasión. ¿La ocasión? Aparentemente alguna ceremonia religiosa para que asistieran los miembros de la “high society” inglesa. Estaba tan fuera de lugar como cuando intenté entrar al pub de los punks. Ya no iba a poder conocer ese ícono de Londres. Pero algo sucedió.

Mientras me agolpaba en las afueras de la abadía, junto con muchos otros curiosos, observé que un “civil”, vestido de “civil”, se dirigió hacia la entrada. Lo detuvieron, pero lo escuché decir: “For the service”, tras lo cual, le permitieron ingresar. Unos minutos más tarde, otro civil se desprendió de los curiosos, lo frenaron, pronunció las palabras mágicas “For the service”, y lo dejaron avanzar al interior. Ignoraba y hoy sigo ignorando los motivos por lo que una ceremonia aparentemente reservada a la aristocracia, se abría a la “gente de a pié” que conociera las palabras adecuadas. Era mi chance, la única. Guardé mi camarita fotográfica en el bolsillo, aparté a algunos nativos, y me dirigí resuelto con mi corazón palpitando con redobles de tamboriles hacia el sacerdote bloqueador. Puso gentilmente su palma abierta sobre mi pecho e hizo un gesto de negativa con su cabeza, transmitiendo telepáticamente algo así como “I am sorry, pero nadie te invitó a esta ceremonia”. No me amilané, y le dije clara y lentamente, abriendo la boca, como para que no existieran dudas, los tres vocablos del santo y seña “For the service”. Su rostro cambió, registrándose algo calificable como una leve sonrisa, su mano barrera bajó y la extendió señalando la entrada, lo que interpreté como gesto suficiente para ingresar.

Todavía sin estar seguro si estaba haciendo lo correcto, o si por pasaría la noche en un calabozo (los de la London Tower no son muy recomendables para los impresionables), ingresé a paso firme antes de que se arrepintieran. Tan solo entrar (o intentarlo), un amable e inmenso hombrachón vestido de gala y con sombrero de copa me consultó “¿Sir?”. Mi obvia respuesta fue “For the service”, a lo que recibí un. “Please, follow me”. Y le hice el “follow” a mi guía, quién me indicó un largo banco, delante de todo, con vista directa y cercana al Cardenal (u Obispo, no se diferenciar los rangos eclesiásticos) que oficiaba, al lado de los otros “civiles” que me habían precedido, y frente a toda la aristocracia londinense que estaba sentada en unos inmensos sillones de madera labrada. Me proporcionó también una hoja plastificada con las oraciones, indicándome con su dedo por donde iban.


Mi visita a Westminster transcurrió desde el banco de la abadía, mirando disimuladamente hacia todos lados tratando de absorber algo de la grandeza del lugar. No fue lo ideal como tour pero, al menos, pude verla desde adentro. Recuerdo algunas miradas de reproche de algunos fieles por curiosear todo, menos la hoja plastificada.


Y tal como nos contaban de niños, unas palabras mágicas pueden llegar a abrir puertas inesperadas. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

Mi monjita alemana


Relato aportado gentilmente por Hernán Huergo
 “Cuidado con La Paz. No sé por qué, pero todos se vuelven locos con la altura.”
Este consejo me lo daba, hace ya muchos años, el Mandamás de la oficina donde yo trabajaba, en Buenos Aires. La sonrisa que acompañaba el mensaje invitaba a que yo hiciera alguna pregunta, que no hice. Era una época en que el stress maniataba por demás mi lengua, más allá de la curiosidad que provocaban esas palabras.

Así que cada viaje que hacía a Bolivia, mes tras mes, cada vez que cada martes cerca de las ocho de la noche ponía mis pies en el aeropuerto del Alto, cuatro mil cien metros de altura, las palabras de Eliseo reaparecían en mi recuerdo. Ya desembarcado en el hotel y llegado al cuarto, el dolor de cabeza pasaba de incipiente a presente y a duras penas me permitía disfrutar de la cena mínima. Luego tomaba la sorojchi pill de refuerzo que resultaba igual de inútil que la primera, para terminar en la cama a las diez de la noche, con la esperanza de que esa noche pudiera dormir como la gente. A las cuatro de la mañana, con una sorojchi pill, con dos, con ninguna, con comida liviana, comida normal o sin comer, dejando la ventana entreabierta, o cerrada o abierta de par en par, no importaba lo que hiciera, me despertaba un dolor de cabeza feroz, después del cual era inútil cualquier cosa. Eran las cinco, las seis, las siete y las ocho y el dolor seguía. Me era imposible no pensar en la máxima del Mandamás, “todos se vuelven locos con la altura”.

Como a las nueve llegaba al Banco Central, donde estaba el grupo de consultoría. Prefería las escaleras, a pesar de mis escasas fuerzas a tres mil seiscientos metros. Llegaba casi expirando al octavo piso. Me encontraba con los consultores, también argentinos, que me recibían con agasajos y simpatías. Pero el momento más importante era el saludo de Rosario, la secretaria paceña. Lo que importaba era lo que traía en la mano extendida. “Acá tiene su trimate, ingeniero”. Entonces se producía el principio del milagro. No pasaban cinco minutos de haber tomado algunos tragos y me daba cuenta del sol que iluminaba la mañana de La Paz. El dolor de cabeza empezaba a retroceder, aleluya. Como a las once de la mañana, aleluya dos, se producía el alboroto en el piso y todos, los veintitantos argentinos más los lugareños, dejaban lo que estuviera haciendo para comer las salteñas, como llaman en Bolivia a las empanadas, cuyo recuerdo permanece con júbilo en mis papilas después de tantos años. El dolor de cabeza retrocedía un poco más y seguía retrocediendo a la hora del almuerzo, para terminar de desaparecer como a las once de la noche. Era la hora de jugar al ajedrez con otros fanáticos, argentinos y bolivianos. El golpe de gracia contra el maldito dolor de cabeza era el ron con coca cola, aleluya tres. Y a partir de allí era el placer de disfrutar de todo, el dolor de cabeza nunca más volvería en ese viaje y sería un lejano recuerdo los sábados por la mañana, cuando casi al trote me dirigía al avión que me llevaría de regreso a Buenos Aires.

Pero el viaje que es el motivo de este relato fue distinto. Cuando el avión salió de Buenos Aires no me imaginé que la pequeña molestia que tenía en el interior de mi nariz, del lado derecho, se convertiría en lo que se convirtió.

Cuando me miré al espejo en el cuarto del hotel no lo podía creer: un forúnculo. La nariz estaba ya impresentable y la molestia era tal que me hacía ignorar el espantoso dolor de cabeza de siempre. Al día siguiente, cuando subía a duras penas las escaleras del Banco Central, los latidos de la cefalea parecían encontrar sus émulos en los inconfundibles latidos del forúnculo, cada vez más inmenso.


Saludé a todos, tratando de mirarlos desde el lado de mi cara. Mi aspecto era patético, según pude comprobarlo en las caras de lástima de los que podían mirarme sin desviar la mirada. “Acá tiene su trimate, ingeniero”, me dijo Rosario, como si nada, y no me sentí tan mal.

Sobreviví a las penurias del día, que incluyeron reuniones con funcionarios importantes, yo con mi mano derecha ocultando algo la deformación inocultable. Creo que todos prestaban más atención a mi nariz que a cualquier otra cosa. Por la tarde, en la visita habitual a nuestra oficina en La Paz, mi aspecto era desolador y espantoso. Pero todavía peor era la molestia que sentía.  

Lo encontré a Fabián, que no debe saberlo, pero quizás me salvó la vida. La conversación fue directa al grano. “Hernán. Te vas directo a mi médico, Fernández. Lo ves de parte mía, te va a atender sin duda porque ya le aviso que vas. ¿No sabías que aquí en La Paz, si traés un forúnculo de Buenos Aires, se convierte en algo imparable? Ojo, andate ya mismo a ver al médico y hacé lo que te diga”.  

Así que partí en seguida en un taxi al centro médico y Fernández, hombre prolijo, meticuloso y con bigote importante me atendió al instante. Me sentó en la camilla, me miró unos segundos y fue al escritorio, a buscar algo. Volvió con una cartilla, que colgó de un clavo en la pared cercana frente a mí. Era una gran nariz dibujada de costado, que mostraba el interior, arterias y vasos, el cerebro y otras cosas parecidas. “Esto se llama el triángulo de la muerte”, empezó a decirme, señalando con el puntero que también había traído, como si yo fuera un alumno de su clase de facultad. “Cualquier infección importante que usted tenga en la nariz, se puede transmitir por estos vasos hasta los senos cavernosos y desatar cuadros de total gravedad”.  

Yo no necesitaba ninguna palabra más para estar convencido de que mi caso era de vida o muerte pero él consideró que tenía que seguir la explicación. Apuntaba con el puntero partes de la cartilla mientras decía: “Estos son los senos cavernosos, situados entre el esfenoides y la duramadre, ésta es la yugular…”.

Bueno, cuándo va a terminar este hombre, me estoy muriendo, pensaba yo. “La arteria carótida, los nervios troclear, el trigémino…”, continuaba Fernández y yo ya estaba volviéndome loco. “Todos se vuelven locos con la altura”, recordé una vez más.

Por fin la clase doctoral terminó. Fue cuando me dijo, con voz grave y ceremoniosa. “Pero su caso, en vez de terminar en la muerte, como hubiera ocurrido si no hubiera venido a verme hoy mismo, tiene salvación”. Y aparecieron en sus manos como por arte de magia cuatro ampollas para inyección. “Este es el antibiótico que le salvará la vida. Va por vía intramuscular. Toda la medida, los cuatro días, sí o sí. Es una solución muy densa, mejor diluirla con agua destilada. Si quiere le aplico la primera inyección ya mismo”. Le dije volando que sí, por supuesto. Nunca fui fácil para las inyecciones pero estoy seguro que Fernández era de lo peor. El dolor fue impresionante. Salí cojeando del consultorio, dolorido pero feliz de haber salvado la vida. Eran las ocho de la noche.

El efecto fue inmediato y me pareció milagroso. Para las once de la noche podía mirarme en el espejo del baño sin asustarme. A la mañana siguiente subía las escaleras del Banco Central y apenas sentía los latidos. Por la tarde me fui al centro médico a que me dieran la segunda inyección, aunque para mí era evidente que el forúnculo ya se batía en retirada. Otra vez sobreviví a la penuria de la inyección, esta vez puesta por una enfermera, casi tan dolorosa como la del primer día.

Así llegué al tercer día. Era una tarde de sol de invierno de La Paz. No tenía demasiadas ganas de darme la inyección, no quedaba nada del forúnculo, sólo el recuerdo. Pero las palabras del médico habían sido claras: “los cuatro días, sí o sí”. Salí del hotel y caminé unas cuadras hasta llegar a una farmacia. “¿Aplican aquí inyecciones?”, pregunté. “No hoy”, me contesté el andino, “pero pruebe en el convento de las monjitas alemanas, allí suelen aplicar”.

Me sorprendí por la respuesta, no la esperaba. Era incapaz de imaginarme una monjita alemana aplicándome una inyección. Aprendí con esmero las instrucciones para llegar al convento, que quedaba a un par de cuadras del lugar. Así llegué hasta algo que no me pareció un convento, palabra que tengo asociada a paredes altas y grises, ventanas pequeñas, varios pisos, alguna torre y alguna cruz. Se trataba en cambio de un chalet más bien rústico, de una planta, donde predominaba la madera y me era difícil encontrar símbolos que demostraran que el lugar era un convento. Avancé hacia el porche. Ya en él busqué el timbre, sin encontrarlo. Un bajo relieve de la virgen y el niño adornaba un nicho, junto a la puerta, que estaba abierta. Miré hacia adentro sin percibir demasiado. La luz de las tres de la tarde parecía no atreverse a entrar al convento.

Antes de irme decidí recurrir a las palmadas, los aplausos. “¿Hay alguien?”, dije con voz apenas por arriba de mi tono normal. Ya estaba decidido a irme cuando vi una sombra en el interior de la casa, que avanzaba hacia mí. Yo mido un metro setenta y tres y lo primero que noté fue que la sombra era portentosa y por cierto más alta que yo.

Toda imaginación mía de lo que podría llegar a ser la monjita alemana que me diera la inyección se encontró con tal realidad. Supongo que mediría metro ochenta y cinco, aunque en ese momento me pareció todavía más. La cara tosca, los rasgos impiadosos,  el  color cetrino de la piel y la mirada ladina, era lo único que se veía de la monja, por lo demás ocultada por un generoso hábito que cubría la poderosa humanidad. “Buenas tardes “, dijo ella, y creo recordar que fueron las únicas palabras que dijo en español. Le expliqué que buscaba quién me diera una inyección mientras le mostraba la ampolla que traía en mi mano. Tenía la esperanza de que me dijera, como el farmacéutico andino, “No hoy”. Pero ella, me contestó algo en algún idioma y se dio media vuelta internándose en la penumbra de la casa. Interpreté que debía seguirla. Me costó un tanto ir tras ella porque íbamos de penumbra en penumbra, atravesando pasillos. Tuve la esperanza, que no me pareció para nada pecaminosa, de que me llevaría hasta alguna monjita alemana de aspecto menos intimidatorio, quizás con piel tierna del color del pan y sonrisa angelical. De pronto se detuvo ante una puerta, la abrió y, en forma imprevista, me invitó a pasar primero. Entré.


Era un baño grande y antiguo. La ventana era pequeña pero lo iluminaba bien. La monja entró detrás de mí y me pidió, con gestos, la ampolla. Sin decir una palabra preparó la jeringa y luego me miró, ya lista ella. Aunque no dijo una palabra su actitud era evidente. Era mi turno. No había camilla ni nada, ni siquiera un banco. He tenido primeras veces azarosas en otras cosas pero creo que no recuerdo otra primera vez igual.

Al fin me decidí e hice el gesto. Dirigí mi mano hacia el cinturón y lo desprendí. La monja, seria e imperturbable, siguió mirando y esperando. No recuerdo cuáles fueron los gestos o las palabras ni el idioma que me condujeron segundos después a esperar la inyección con mi pie derecho apoyado en el borde del bidet y mi cuerpo doblado por la cintura e inclinado hacia delante. El dolor que siguió en la nalga derecha fue brutal. A diferencia de la tortura sufrida a manos de Fernández, esta vez el pinchazo parecía no terminar nunca, el dolor se convertía en eterno. Entonces escuché las palabras y bufidos de la monja. El intento había fallado. Me sacó la aguja, y sin dejar de mascullar su rosario intraducible, estudió el contenido de la jeringa y, con movimientos rápidos, pasó a mezclar con agua de la canilla la solución. Por supuesto ni se me ocurrió preguntarle si era agua destilada. Terminada la operación otra vez me demandó con gestos y miradas que volviera a la posición de la ejecución. Esta vez presenté la nalga izquierda, donde me aplicó la inyección hasta la última gota, mientras que yo ahogaba como podía los gritos que querían salir de mí.


Llegué al hotel después de media hora. Cada paso que caminaba era una tortura, dejaba salir cada tanto los alaridos del dolor. Esa fue la tercera y última inyección que me di en aquel viaje a Bolivia. La cuarta la tiré al tacho de basura de mi cuarto de hotel. Estaba listo para la muerte, cualquier cosa menos volver al convento de las monjitas alemanas.

viernes, 13 de octubre de 2017

¡WELCOME TO ENGLAND! – PART II

Si bien no es imprescindible, para ponerlos en antecedentes, recomiendo leer primero el relato ¡WELCOME TO ENGLAND!, que apareció en el blog el mes anterior. Un mini resumen indicaría que se trataba de un viaje ocurrido por 1986 ó 1987 para una capacitación laboral en Londres. La llegada había sido un poco accidentada por alguna situación en la Aduana, que leída hoy seguro resulta muy graciosa, pero que en ese momento fue algo tensa. El desarrollo de esos hechos se encuentra en el relato antes mencionado. Tal como les anticipaba en esa anécdota, no fue lo único especial que me sucedió durante esa estadía en Londres.

Junto a los otros dos gerentes rioplatenses que íbamos a participar en la capacitación a partir del día siguiente, salimos a cenar esa noche. Somos latinos y no queríamos ir luego directamente al hotel a dormir, por lo que decidimos salir a caminar. Buscábamos algún pub que fuera especial e interesante. Y lo encontramos.

Estaba en una esquina. Por un lado había unos ventanales inmensos, y una puerta secundaria, todo totalmente vidriado que permitía ver el interior, y por la otra vereda, lo que sería la puerta principal. Estábamos parados enfrente, y el espectáculo nos parecía increíble. El pub estaba atestado de punks. Únicamente punks. La totalidad vestía con pantalones y chaquetas de cuero negro, alfileres de gancho en sus orejas, tachas puntiagudas en su ropa, muchos con sus vistosos peinados de mohicano, algunos motociclistas con físicos abundantes y cara de pocos amigos. Todos tomando sus grandes cervezas. Adentro ni un solo “civil”. El ambiente era el más pesado que se podía buscar en London. Y nosotros tres estábamos enfrente. Nuestra apariencia era la clara antítesis de los parroquianos de ese pub exclusivo. El hombre de seguridad, “bouncer” o “patovica”, cómo lo denominamos en Argentina, era otro punk, inmenso, rudo, de físico imponente que prácticamente cubría la totalidad de la entrada, nos observaba serio e incrédulo en su posición de brazos cruzados y amenazantes.

Nunca sabré cómo fue que se me ocurrió decirles a mis otros dos acompañantes:
-       -  Yo entro.

-       -  Vos estás loco.

-       -  Solo por un momento, a ver qué tal es el ambiente. Vamos los tres

-      -   Ni en tus sueños.

-      -  Pero, te das cuenta que allí te van a violar, te van a llenar de golpes, y luego te van a dejar tirado en la calle, si es que sobrevivís. Entrá vos solo. O no, no entremos ninguno, no es para nosotros, esos tipos no son precisamente unos lord ingleses.

-     -  No sean tan aguafiestas. Yo voy, entro, pido una cerveza, los saludo desde adentro, y salgo por la otra puerta.

-     - ¿Y cuando se arme el despelote? No te salvas.

-      - Llamen a la policía. Griten. ¿Qué podría pasar? Es un lugar público y si quiero entrar, entro.
-       
-   - La bestia que está en la puerta ya te está mirando feo.
-       
   - Voy, pero ustedes quédense aquí enfrente.

Mis amigos vieron que estaba hablando en serio, y realmente estaba por cruzar la calle y meterme dentro del infierno mismo. Me pidieron que desista, pero ya estaba resuelto. Comencé a caminar en dirección al bouncer y al pub que estaba detrás de su escultural espalda.

La bestia me miraba directo a los ojos y creo que no podía creer que alguien totalmente fuera del ambiente intentara entrar. Además era claro por todo el tiempo que estuvimos enfrente riendo y empujándonos, que se trataba solo de una broma, una apuesta, una bravuconada. Seguí caminando hacia la entrada y hacia ese hombre desproporcionadamente grande. Podía sentir mis palpitaciones cada vez más fuertes. Sabía que hacía lo incorrecto, pero no me podía detener. Ya estaba muy cerca y podía sentirle la respiración nerviosa. Cuando intenté introducirme por el minúsculo espacio que quedaba entre el físico del guardia y el marco de la puerta, el bouncer me puso una mano abierta en mi pecho, de forma que creo que me la dejó tatuada durante algunas semanas, y simplemente dijo en una voz de mando fuerte y segura:

-      -  Excuse me, no sir!

    Entendí claramente su indirecta. No hicieron falta explicaciones adicionales, y admito que yo tampoco se las reclamé. Volví sobre mis pasos, retrocediendo de espaldas, mirándolo a los ojos, como diciéndole “me voy porque yo quiero”. Mis amigos me abrazaron ya un poco más relajados, y me sugirieron que me cruce nuevamente, pero esta vez para agradecerle por haberme salvado la vida.

   Terminamos la noche tomando una cerveza en otro pub donde concurrían oficinistas y gerentes luego de su trabajo. Seguramente el sabor era el mismo en cualquier pub. 

     O de eso intenté convencer ami herido orgullo.



lunes, 18 de septiembre de 2017

¡WELCOME TO ENGLAND!


No recuerdo el año exacto, pero ubicaría los hechos en 1986, 1987. Fui designado para una capacitación de unos días en Londres. Mi primer viaje a Londres. Fui a Europa unos días antes y estuve por mi cuenta en Holanda y Bélgica. Y desde Bélgica crucé el canal en un gran ferry.  Aún faltaban unos años para inaugurar el Eurotunel (1994).


Al llegar a Dover debía lógicamente pasar por Migraciones. Argentina no había reanudado aún sus relaciones diplomáticas con Inglaterra (lo que sucedería en 1990) y la visa de visitante para mi pasaporte argentino, fue gestionada a través de la embajada de Suiza. El conflicto por Malvinas estaba aún fresco en algunas memorias, por lo menos eso parecía suceder con algunos funcionarios con los que me tocó interactuar.
-Pasaporte.
-Aquí  está.
-¿De Argentina?
-Así es.
-Tiene visa?
-Tengo.
-Largo viaje para llegar aquí.
-Más o menos.
-Tiene algo importante para hacer por acá?
-Si. Un curso.
Y así unos 10 minutos de preguntas y respuestas. Finalmente, y algo contrariado, me selló el pasaporte y me dejó pasar. Pero todavía no había ingresado realmente a Inglaterra.  

Antes de abordar el tren que me llevaría a Victoria Station en Londres, debía pasar por Aduana. Crucé por la entrada de “Nada a declarar”, como pasaba de hecho todo el mundo. Había pasajeros que estaban en total estado de ebriedad,  o con evidencias de haber ingerido algo más fuerte, punks, mochileros y muchos más, adivinen quién fue la única persona a la que pararon a registrar con un “Sir…sir…yes…you”, (mientras el inspector me hacía el clásico gesto con el dedito para que me acercara).  Me preguntó si podía entenderlo, y si era consciente de que había pasado por “Nada a declarar”, le dije que si  a ambas preguntas. Entonces, voy a proceder, concluyó secamente. Y procedió.


Comenzó por abrir completamente mi valija y vació sobre una gran y larga mesa la totalidad del contenido.Todo. Constató que no hubiera “doble fondo”, ni doble costados, ni nada escondido en algún milímetro cuadrado de toda su estructura, y allí se inició un animado diálogo. El inspector mientras iba controlando cada prenda antes de volver a guardarla, hacía sus preguntas, sin mirarme, como si estuviera hablando para sí mismo, pero esperando una respuesta convincente de mi lado, o tal vez esperando que cometiera algún error. Cada camisa, pullover, pantalón o prenda íntima fue revisada en forma individual, pantuflas, zapatos, medias, dentífrico, nada escapaba a su control, mientras las preguntas ya llegaban hasta las cuestiones más nimias que hacían a mi viaje. Debo admitir que el funcionario era un auténtico “lord inglés” en su modos amables de preguntarme, y sobre todo en la forma de ordenarme el equipaje. Cada prenda fue adecuadamente doblada y puesta de modo eficiente en la valija; el contenido que luego de mi armado tenía la forma de una “campana de gauss”, era ahora gracias a la intervención de mi insistente revisor y preguntador británico, de una envidiable prolijidad lineal, ordenada, nada sobraba ni faltaba, todo estaba en su inmejorable lugar. De hecho jamás logré reproducir algo así en ninguno de mis preparativos de viaje posteriores.

Pero ya habían transcurrido más de 30 minutos desde que había comenzado mi interrogatorio y revisión. El primer tren a Victoria Station ya se había llenado y partido, y el segundo y último tren estaba completo, esperando………………me. El inmenso galpón estaba vacío, excepto por nosotros dos, pasajero e inspector,  que aún seguíamos en pleno proceso aduanero.


Un oficial se acercó a mi inspector y le susurró algunas frases al oído. Probablemente algo así como “Si no hay sospechas específicas, terminá y largalo que está el tren completo y esperando a que suba éste pasajero y se vayan de una vez por todas. Las palabras surtieron efecto. Terminó de guardar (adecuadamente) lo que quedaba y cerró la valija sin nada de esfuerzo (yo había tenido que sentarme encima la noche anterior para lograrlo). Pero quedaba un detalle.  Tenía puesta una campera de cuero. La mira y me pregunta:  “¿Lleva algo allí?”. Yo estaba un poco cansado de la revisión. Me la quité y la arrojé sobre la mesa “Verifíquelo usted mismo”. Con un gesto denegatorio y empujándola hacia mí me  trata de convencer con un “Si usted me dice que no lleva nada, no necesito verla”. “¡Pasé por Nada por declarar y hace media hora que me inspecciona, ahora revísela!”, dije mientras se la volví a acercar. Y allí comenzó una escena digna de los Hermanos Marx. Yo le movía la campera hacia su lado de la mesa, y él la corría devolviéndomela hacia el mío. Luego de unas cuatro o cinco idas y vueltas, finalmente la recogí, saludé y me dirigí al tren, donde los lógicamente impacientes pasajeros farfullaron algunas cosas que no entendí bien pero que pude imaginar. 


 No fue lo único especial que me sucedió en esa estadía en Londres.