viernes, 16 de junio de 2017

AUDITORES AL LÍMITE


Sucedió durante un inolvidable 31 de Diciembre de hace algunos (muchos) años atrás. Me desempeñaba como nuevo asistente de auditoria, estaba feliz y tenía todo el entusiasmo juvenil de ser parte de un gran estudio de auditoría colaborando en la revisión de asientos contables, activos fijos, conciliaciones bancarias, y todo lo que fuera necesario para finalizar la auditoria de forma exitosa.

Como suele suceder en todos los trabajos de auditoría (o en casi todos los trabajos), las horas estimadas para la realización de las tareas eran muy ajustadas y se debía “exprimir” al máximo todo el tiempo disponible sin desperdiciar ningún minuto y aprovechar toda ocasión para solicitar a los contadores del cliente la información y documentación que se requiere en la auditoría.

Este cliente era una de las flamantes empresas públicas recientemente privatizadas, por lo cuál, mucha de su cultura de empresa pública seguía manteniéndose. Pese a que muchas veces nos resultaba dificultoso, en general conseguíamos obtener la información que necesitábamos.

El día 31 de Diciembre siempre ha sido un día laboral normal en Bolivia. Todos nos encontrábamos apurados tratando de completar nuestro trabajo y al ver el reloj que señalaba las 2 de la tarde sabíamos que solo nos quedaban algunas horas de trabajo antes de salir de la oficina, y que el día siguiente sería feriado. Teníamos que aprovechar al máximo las tres horas adicionales para revisar los rubros que teníamos a cargo, revisar documentación, referenciar papeles de trabajo, y obtener documentación y/o explicaciones de los funcionarios del cliente que nos permitieran seguir avanzando con la auditoria.

Nuestro equipo compuesto por tres asistentes de auditoría incluyéndome a mí y a un auditor senior, estábamos en plena tarea cuando uno de los asistentes decidió ir a preguntar a Contabilidad al piso de arriba una duda acerca de unos asientos contables, una pregunta sencilla. Pasados unos buenos 20 minutos no sabíamos que pasaba con el asistente que no volvía a continuar su tarea en esos momentos tan exigidos, por lo que el auditor senior mandó a un segundo asistente al piso superior para que viera qué pasaba con el asistente. Transcurrieron otros 15 minutos y el segundo asistente tampoco regresaba, parecía que se estaban enfrentando a algún problema, por lo que era prudente que él mismo fuera en ayuda de los no muy experimentados asistentes, antes que la cosa pasara a mayores. Subió a rescatarlos, dejándome solo y ansioso por que volvieran todos prontito.

Los minutos se sucedieron y  20 minutos después estaba realmente alarmado. No regresaba ninguno de los tres. Claramente había una crisis, o había surgido algo grave que afectaba a los estados financieros. Eso no era bueno. Yo era parte del equipo, y si había problemas, eran también problemas míos. Subí a Contaduría en su ayuda.

Cuando subí al departamento contable me percaté que la situación no era tan grave. Mis tres compañeros estaban allí, claramente sanos y salvos. Serpentinas de colores rodeaban sus cuellos y se continuaban por el frente enrulándose con sus formales corbatas, tenían colocados sombreritos de cotillón y lentes brillantes de estilo Elton John y un vaso de champaña en la mano brindando y departiendo con la gente del departamento contable. Era costumbre en la empresa que a partir de las dos de la tarde todos paraban de trabajar y se ponían a festejar el nuevo año. Sucedió que, a medida que uno a uno fueron subiendo a Contabilidad, fueron retenidos y “obligados” a festejar con los funcionarios del departamento contable. De la misma forma fui yo también “obligado” a seguir la tradición. Al final de cuentas, las conciliaciones bancarias podían esperar hasta el año siguiente


Este relato ha sido aportado gentilmente por Nelson Nava

jueves, 18 de mayo de 2017

AND THE WINNER IS…..

Mucho se ha hablado recientemente del error ocurrido en los premios Oscar al anunciar el ganador de la categoría mejor película, pero muy pocos saben que hace mas de 25 años, parte de esos premios fueron anunciados en el Teatro Colón de Buenos Aires, para los millones de telespectadores de la ceremonia del Oscar en todo el mundo.
Y del mismo modo que un socio de un estudio internacional fue conocido a partir de los infortunados hechos que son de público conocimiento, nuestra historia de los premios Oscar en Argentina tiene como uno de sus protagonistas a uno de nuestros colegas, un contador argentino, también socio del referido estudio. A continuación sus recuerdos y anécdotas asociados con esta historia de película, narrados en primera persona.

“A comienzos de 1990, en una tarde nada especial, excepto por lo que estaba por ocurrir, suena el teléfono de mi oficina y al contestar escucho la voz de mi jefe pidiéndome que fuera a su oficina de inmediato. Cuando el socio principal de una firma de contadores llama a un socio joven, como era mi caso, lo primero que uno se pregunta es en qué tipo de problema me habré metido. Sin poder imaginarme de que se trataba, subí sin demora y con un poco de nerviosismo.
Mi jefe no era una de esas personas que vive pasándote la mano por la espalda para que te sientas bien ni te recuerda a cada momento las grandes contribuciones que has hecho ni las que seguramente harás en el futuro. Con su profesionalismo habitual comenzó a hacerme preguntas muy específicas: ¿Tenés algún problema en aparecer en televisión? ¿En smoking? ¿Trabajar con gente que solo habla inglés? Me olvidaba, la audiencia del programa de televisión será de millones y millones de personas, en todo el mundo. ¡Claro que no tengo problemas, ésto la hago casi todos los días!
Debo confesar que la idea de estar frente a las cámaras me atraía, ya que dentro de mi siempre hubo una lucha entre el contador y la “prima donna”. Esta era la oportunidad de probar que no todos los contadores somos introvertidos y le escapamos a las luces de la fama.  La historia era simple. La Academia de Hollywood quería en esta edición anunciar ganadores en algunas ciudades fuera de los EEUU, como una forma de acentuar la naturaleza internacional de los premios y el evento. Y Buenos Aires había sido elegida para representar a América Latina. Sin duda que ser la capital cultural de la región, hacer la transmisión desde el espectacular Teatro Colón y la importante producción fílmica del país, fueron elementos clave para la elección de la Reina del Plata (sobrenombre de Buenos Aires) para este singular evento.
En las semanas siguientes me toco vivir el vértigo de Hollywood. Viajé a Nueva York a recibir los sobres con los nombres de los nominados a las categorías a ser anunciadas en Buenos Aires. Sesiones con la prensa, fotografías con los sobres, posando como una geisha con todos los sobres acomodados en forma de abanico. Imagino que esta es la atención que deben sufrir en forma rutinaria los Brad Pitts y George Clooneys del mundo. Pero de alguna manera, sobreviví.

Tres días antes del gran show comienzan los ensayos en el Teatro Colón. Tres personas en el escenario: Charlton Heston (una gloria de Hollywood, ganador del Oscar al mejor actor en 1959), Norma Aleandro (gran actriz argentina, protagonista del film Una historia oficial, ganadora del Oscar al mejor film extranjero en 1985, y su servidor. Todo previamente escrito y coreografiado. Director y asistentes de los EEUU. Equipo de televisión y logística local. ¡Qué producción, qué lujo, qué nervios!
Lo mío era simple. Antes del evento, asegurarme de separar entre todos los sobres para cada nominado los dos que correspondían a los ganadores, uno para Documentales y otro para Documentales Cortos. Dado que para cuando había viajado a Nueva York aun no se habían completado las votaciones, mis colegas de Los Ángeles me habían entregado todos los sobres, cerrados y con un código alfanumérico en el exterior. Dos días antes del evento recibí los códigos de los ganadores, con la instrucción de destruir los sobres restantes. Imaginen mis nervios al separar los ganadores: ¿Qué pasaría si me equivocaba? De hecho, alguien se equivocó unos 25 años después. Como buen auditor con años de entrenamiento, le pedí a uno de mis socios que verificara que lo que estaba haciendo era lo correcto. Sobres identificados, ahora a cuidarlos con mi propia vida!

En lo artístico, debo reconocer que la Academia me trato como una estrella: me dieron mi propio camerino en el Teatro Colón. Así que le pedí a mi peluquero (perdón, estilista) que viniera a peinarme allí mismo.
En cuanto a mi papel la noche del show, éste era más protagónico que el de mis colegas en Los Ángeles. Yo debía entrar al escenario las dos veces que se anunciaran los ganadores y entregar en mano, y frente  a las cámaras,  el sobre del ganador a los presentadores. Debo reconocer que los mejores consejos al respecto vinieron de la persona que todos ustedes se imaginan: mi esposa. Y aun recuerdo el mas valioso: por favor caminá despacio y mirá bien la alfombra en el piso, no sea cosa que te tropieces y te caigas frente a millones de testigos. No hay nada mejor que una esposa con confianza absoluta en lo que uno hace.
Finalmente, la gran noche llegó. Todo el lujo y el glamour de la farándula Argentina entrando al teatro Colón. En las primeras filas, todos los actores, modelos y resto del jet set local. Nunca había visto tantas caras famosas frente a mi. De pronto, se escucharon  gritos. Ocurrió que parte del personal de la empresa que televisaba el evento estaba de huelga y algunos intentaron sabotear la transmisión internacional cortando algunos cables. La cosa no pasó a mayores y fue nada mas que un susto. No se imaginan lo fuerte que apreté el porta-papeles de cuero donde estaban los sobres del Oscar: nada ni nadie me los iban a arrebatar.
A la hora del show todo salió según lo planeado y como en los ensayos (a esa altura ya conocía los chistes de los presentadores de memoria). No me tropecé en el escenario, entregué los sobres correctos a los presentadores correctos, y la transmisión vía satélite fue un suceso. Lo que siguió fueron fotos con los artistas, y la fiesta de celebración. Luego de esa ceremonia en 1990, jamás volvió a realizarse la presentación de premios Oscar fuera de Los Ángeles. No creo tener responsabilidad alguna en ello.

Esta noche del Oscar en el Colón me ha quedado grabada en la memoria como pocas otras cosas que ocurrieron en mi carrera profesional. Aunque tal vez aquel día en que el gerente general de mi cliente puso un revolver cargado sobre la mesa antes de empezar nuestra reunión también lo recuerde muy bien. Pero eso será el tema de otro historia en el blog.

Este relato ha sido aportado gentilmente por Ricardo Silvagni

sábado, 22 de abril de 2017

EL AGUA QUE MOJA


En mayo de 2015 subí al blog el relato ACQUAMAN, referido a una anécdota en ocasión de tener que realizar un inventario de combustible almacenado en grandes tanques. A los que no tuvieron oportunidad de leerla, o la quieren repasar, el ícono está a la derecha del blog. Traigo ésta historia al recuerdo, ya que la de hoy tuvo que ver también con otro inventario de combustible en la refinería, y cronológicamente sucedió unos años antes que los hechos de ACQUAMAN.

Era mi primer inventario en una refinería. Me tenía entusiasmado, era algo distinto, con una metodología muy específica, con rasgos aventureros, había que subirse al inmenso tanque a una plataforma a gran altura para realizar la medición, en resumen, un inventario muy especial.

Pero no todo era tan prometedor. Mientras viajaba en tren hacia el destino, el cielo nublado se tornó en tormentoso, y se inició algo parecido al Diluvio Universal. Estaba claro para mí que, en estas horrorosas condiciones, era imposible hacer el inventario. Era una pena hacer todo ese viaje, sabiendo que me harían volver para otro día. Pero formalmente correspondía presentarse, ser informado que se suspendía el inventario y conocer la nueva fecha.

El diluvio no había cedido sino que, por el contrario, estábamos en presencia de un tsunami cuando me anuncié en Portería de la refinería. El encargado buscó mi nombre en una lista, y lo encontró fácilmente. Me señaló un bulto amarillo y me indicó: “Póngase el traje de lluvia y los borceguíes y repórtese en la casilla de mediciones, a unos 200 metros, al lado de ese tanque, que ya están todos esperándolo para iniciar el inventario.”  La noticia me cayó como un balde de agua fría. En realidad, estaban cayendo del cielo baldes de agua fría en forma de lluvia. Me disfracé con esos inmensos y pesados pantalones y piloto grueso e impermeable, como ese traje que usan los motociclistas en días de lluvia, me puse los más pesados borceguíes que me proveyeron, y me dirigí resignado a la casilla. Cuando entré, una multitud (enseguida aclaro el término), todos disfrazados con sus respectivos trajes de lluvia de amarillo patito estaba ahí. Se trataba de una noche muy especial, el Gobierno había dispuesto la nacionalización de la comercialización de combustibles, para lo cual ese inventario era esencial para establecer las respectivas responsabilidades sobre los productos.


Tan importante era que todo el mundo envió representantes. Estábamos: el empleado medidor (único con la experiencia de medir), un empleado de Auditoria interna de la empresa sede central, uno de Auditoria interna de la refinería, uno de Contaduría, uno de YPF y uno del Ministerio de Energía. Completaba el heterogéneo equipo el auditor de la empresa, yo.

Como se habían parado todos los despachos desde la planta comercial de la refinería, y esos inventarios se tomarían como los volúmenes que una parte entregaría a la otra, había que hacerlo llueva o truene (de hecho, llovía y tronaba). Salimos “chapoteando” en dirección a nuestro primer tanque. Era noche cerrada, sin luna que alumbre, excepto por la muy poca luz de las luminarias que cada tanto se dejaban ver a través de la cortina acuosa. Las escaleras metálicas adosadas a los tanques estaban más resbalosas que nunca. Claramente teníamos problemas de infraestructura. Las mediciones de tanques se hacen desde una plataforma ubicada en el techo. Mide aproximadamente 2 (dos) metros cuadrados, preparada para una sola persona (el medidor) y eventualmente una más. Pero, éramos 7 (siete) los que teníamos que acomodarnos en ese reducido, reducidísimo espacio. Cada uno tenía su propia libreta para hacer sus anotaciones independientes de las mediciones. El equilibrio allá arriba era totalmente inestable. Los siete formábamos una sola masa humana tratando de no caernos desde los 10 o 12 metros de altura. Como todos pretendíamos no depender de las anotaciones de los otros, cada uno se arrimaba hasta la boca de medición para verificar lo que la cinta métrica en manos del medidor estaba marcando. Para permitir que cada uno observe la medida, todo el grupo humano debía continuamente rotar haciendo “mini pasos” para evitar la caída. A los problemas de la multitud se agregaba que todos abrían (abríamos)  simultáneamente nuestras libretas y tratábamos inútilmente de anotar las mediciones con lapiceras, molestándonos con nuestros codos y arriesgando la integridad física de la masa humana compacta. Es sabido que las biromes no funcionan sobre un papel húmedo (esto ya era más bien un papel empapado) y menos bajo un diluvio. Anotábamos algo en nuestras libretas, y las metíamos urgente a salvaguarda bajo nuestros disfraces, sabiendo que probablemente serian totalmente ilegibles cuando intentemos transcribirlas en papeles y formularios que certifiquen ese histórico hito en la comercialización de combustibles. Como teníamos que consensuar la medida arriba del tanque, ya que una vez abajo era imposible verificar distintas anotaciones, era necesario sacarnos las inmensas capuchas de los disfraces que no permitían oír, empapándonos mientras gritábamos desaforadamente en medio del atronador sonido de la tormenta. El agua se escurría y acumulaba dentro de nuestro disfraz impermeable, generando un interesante “efecto pecera”.  Mientras tanto, el medidor había traído un lápiz y un paraguas para proteger la boca de medición e intentar escribir en su libreta.


Luego de medir unos tres o cuatro tanques de forma conjunta y absurda, admitimos que el caos en la medición era total e insano. Decidimos que  para las mediciones de los tanques siguientes debíamos ser algo más flexibles en nuestras rígidas posiciones de independencia y admitimos que solo el medidor tome las anotaciones, y que esas sean las válidas para que luego todos las copiemos. Para ello, todos debíamos ver las medidas que señalaba la cinta métrica, por lo que seguíamos haciendo la rotación como una sola masa humana, y también teníamos que leer lo que el medidor escribía con su lápiz en la única y oficial libreta, con lo que él nos la mostraba a cada uno velozmente para que verifique antes que el agua la moje más pese al paraguas. Surgió un nuevo inconveniente. Una de las mediciones clave es la de determinar el volumen de agua que puede estar depositado al fondo del tanque, para lo que se unta la cinta de medición con una pasta que reacciona solo con el agua. Si bien el paraguas disponible se colocaba  cubriendo la boca de medición, por efectos del viento y la tormenta, algunas gotas traviesas siempre circulaban por la cinta y generaban una reacción completa, implicando determinar  inmensos volúmenes inexistentes de agua en los tanques. Suspendimos el inventario por un rato, aguardando que la lluvia amainara un poco, cosa que eventualmente sucedió y pudimos volver a la intemperie enfundados en nuestros disfraces amarillos patito. Trabajamos toda la noche hasta completar las mediciones previstas. El medidor nos permitió luego copiar lo que apenas se leía en su libreta, a nuestros respectivos formularios.



Con los vaivenes que nos caracterizan a los argentinos, lo que nacionalizamos en el sector petrolero fue luego privatizado y más tarde vuelto a nacionalizar y después privatizado. Mientras tanto continué mi trabajo como auditor, y como tal participé en muchos inventarios. Pero, por algún motivo, guardo por éste un especial recuerdo.

domingo, 19 de marzo de 2017

DÓLARES AL POR MAYOR


En esa época estaba suscripto al semanario Newsweek, como una de las distintas variantes e intentos para aprender Inglés como adulto (cito, entre otros, cursos presenciales con profesores nativos (nativos de Bahía Blanca), libros de gramática con kilométricos homework, grupos de conversación en inglés, audio libros, borracheras en bares ingleses y alguna eventual novia de origen estadounidense). Como suscriptor recibía de tiempo en tiempo distintas propagandas e invitaciones. En todo ese tiempo, la que más me llamó la atención fue una carta de formato alargado que, al abrirla descubrí lo que parecía ser un cheque a mi nombre, con membrete de un banco estadounidense y firmado por la friolera cifra de US$ 100.000.000. Lo ratifico y se los digo en letras: Cien millones de dólares.

Al leer el cheque por octava vez, vi que si bien estaba a mi nombre con el apellido correctamente deletreado, indicaba, en lugar del tradicional “Pay to: “, un “Do not Pay yet to:”, y al darlo vuelta indicaba que si jugaba a la Lotería de California, algún día podría recibir verdaderamente un auténtico cheque por ese importe. Luego de la obvia frustración, opté por colocarlo en lugar visible de mi oficina, como un objeto decorativo y anecdótico.

Poco tiempo después, un colega y amigo entró a mi oficina. Luego de los saludos y algún comentario, sus ojos quedan congelados en la imagen del cheque. Azorado y sin quitarle la mirada, inició el siguiente diálogo:

─ ¿Qué es eso?

─ ¿Eso? Un cheque que me llegó el otro día ─dicho como si fuera la cosa más normal del mundo.

─ Pero….está a tu nombre.

─ Si, claro ─le respondí con un tono indiferente.

─ Y dice cien millones de dólares.

─ Si, cien ─expresado con la serenidad de un monje budista en el Tíbet.

─ ¿Y qué c&%$%*# estás esperando para cobrarlo?

─ ¿No vés que es de un banco de Estados Unidos?

─ ¡Pedazo de p&%$#=@, un pasaje te sale menos de mil quinientos dólares, y estamos hablando de cien millones de dólares! ─me gritó con su rostro ya totalmente colorado.

─ Es que habría que viajar hasta ahí. Son varias horas de vuelo. Me aburre mucho, me da claustrofobia.

─ ¡Son cien palos verdes (forma en que se los denominaba coloquialmente en esa época)! ¡No podes ser tan i°&%$*+@! ─bramó ya totalmente fuera de sí, con el rostro atomatado, transpirado y con las venas del cuello hinchadisimas.

Terminé por contarle la verdad por temor a que se me infarte ahí mismo. Pronto la noticia se difundió por el estudio, y todo el personal desfiló por mi oficina con alguna excusa inverosímil, para poder ver con disimulo, o sin disimulo, el apócrifo cheque.




Hasta el día de hoy me pregunto qué hubiera sucedido si me hubiera suscripto a la Lotería de California.

sábado, 18 de febrero de 2017

NEGLIGENCIAS POR PARTIDA DOBLE


Estábamos haciendo una auditoria operativa en la refinería de una petrolera. Interesante, un trabajo distinto de las auditorias normales de estados contables. Sin tantos números, enfocados más a los sistemas de control de los distintos tipos de transacciones. Esa mañana nos enteramos del “chisme” del día, que corrió como reguero de pólvora, o debiera decir como reguero de petróleo: la noche anterior un barco petrolero que estaba  esperando su turno para entrar a puerto, había sido chocado por arriba de la línea de flotación y a varios metros de las cisternas, por otro barco carguero, que aparentemente no había dado indicaciones correctas de sus maniobras. Afortunadamente para todos, si bien fue un choque importante, no hubo heridos que lamentar y no llegó a explotar ni incendiarse ningún barco. Como situación anecdótica, cierta o que mereció ser cierta, se contaba que un tripulante del barco petrolero se había despertado para cumplir con un llamado de la Naturaleza,  y mientras estaba sentado en el inodoro, la proa del otro barco carguero irrumpió de un modo brusco en su camarote. Vaya sorpresa. Por decoro, no voy a decir lo que se comentaba que había sucedido con el sorprendido marino.


Supimos que el barco petrolero había sido remolcado, y que en ese momento estaba estacionado en el muelle próximo a la refinería, donde tendría que estar un buen tiempo hasta completar sus reparaciones. Al terminar el trabajo del día y volver a nuestros domicilios, decidimos (éramos tres auditores en un solo auto) lógicamente modificar el camino de retorno, y desviarnos brevemente para pasar por el muelle y observar los daños del choque, asumiendo que la “abolladura” estuviera del lado del muelle y no del lado del agua. Conducía otro de los compañeros, yo estaba de copiloto, y el otro auditor atrás. Llegamos al muelle, allí estaba el imponente barco petrolero que casi había protagonizado otro “Titanic”. Disminuimos por supuesto la velocidad, para poder observar con comodidad las huellas del accidente. 


Al lado del barco, estaba estacionado en el muelle un camión cisterna de la empresa petrolera, con su conductor fuera de la cabina. Seguíamos muy lentamente, en primera velocidad, comentando lo que estábamos viendo los tres, y seguramente haciendo alguna acotación sobre el suertudo  tripulante.  Nuestra trayectoria nos llevaba en línea recta al camión cisterna. El compañero que conducía estaba observando el choque del barco, dejando completamente de mirar al frente, y avanzando francamente hacia el camión de combustible. El conductor del cisterna observaba, incrédulo, como nuestro vehículo, con tres pasajeros que miraban al barco únicamente, a menos de 20Km/hora se dirigía negligentemente (por decir algo suave) y en línea recta hacia el camión estacionado.

A unos cinco metros de distancia del inminente choque, me percaté que ninguno de los tres observaba al frente, miré hacia adelante y vi al cisterna. Atiné a gritar “¡Cuidado!”, y mi compañero dio el “volantazo” salvándonos del cuasi desastre al que nos dirigíamos. Creo que al conductor del camión le dio un infarto o algo así.



Sé que fue una negligencia, pero admitamos que ustedes, en las mismas circunstancias, también hubieran dado la vuelta por el muelle para ver el barco, aunque seguramente, con un poco más de precaución.

martes, 31 de enero de 2017

UN CINCO HABILIDOSO - PARTE II

¡ALTO! Si usted no ha leído la PARTE I de  UN CINCO HABILIDOSO, le sugiero que detenga su lectura y no siga adelante. En la parte derecha del Blog aparecen las entradas anteriores, fue publicada en diciembre 2016, búsquela, léala y vuelva para aquí una vez terminado. Aproveche para leer las anécdotas que todavía no leyó.
     ……………………………………………………………………………………………................................

Al día siguiente, con el cierre cerrado y el reporte reportado, se propuso mejorar su puesto de trabajo. Recuperó el teclado, hizo comprar un mouse, subió el monitor encima de unos libros rubricados para ganar altura. El primer problema estaba resuelto. Le quedaba la silla que no cumplía ni uno de los requisitos que el médico le había recomendado.

Solo contaba con la última de las pastillas que le habían recetado. Sin la dosis que le hubiera tocado a media tarde, los dolores reaparecieron. Le aplicaron una inyección que también hubiera calmado a un dolorido caballo. El médico atacó con más analgésicos, kinesiología y la firme recomendación de un puesto de trabajo en condiciones ergonométricas. 

Había terminado de entender la importancia de cambiar su silla. Sabía que no sería fácil. No había ni un peso destinado a estos activos en el presupuesto y, estando a mitad de año, sería muy difícil incorporar ésta (para él) importante inversión. Como en todos los junios, sería la revisión del presupuesto, sabía que esa era su única oportunidad, por lo menos durante el año.
        
Su plan comenzó con una conversación con su jefe con el claro objetivo de sensibilizarlo (tarea difícil). Nada, ningún gasto que estuviera fuera del presupuesto, era algo aprobable por el jefe, quién se preguntó “¿Para qué está Abel?”: para generar ahorros, no para evitarlos. Pero recordó la torpeza del porrazo que se había pegado en el torneo organizado por la empresa y accedió a analizar la situación. Al día siguiente su jefe lo llamó y le dijo que, como lo consideraba un “recurso de gran valía”, lo autorizaba a poner en la revisión del presupuesto cinco mil pesos para cubrir el gasto para una silla ergonométrica.

Abel estaba feliz, el médico le había dicho que los analgésicos no los podía tomar por más de diez días o su aparato digestivo explotaría. Las aprobaciones de la revisión tardarían más, pero había una posibilidad de victoria. Fue a la planilla, buscó entre el centenar de conceptos de gastos y digitó en la línea de “equipamiento de oficina” un cinco como un gasto extra. La inflación había hecho que las planillas comiencen a hacerse difíciles de leer, así que ahora los números se expresaban en miles. Un cinco, era cinco mil: sus cinco mil pesos: su silla. Cuando presionó “Enter” miró al número, a ese simple caracter, y le pidió que vuelva aprobado, que él lo necesitaba. Terminó el reporte, y su jefe lo aprobó y lo envió a la subregión para aprobación. Allí viajaba su esperanza, en un byte. Un número entre miles. Un cinco.

A los dos días tuvo la respuesta de la subregión. Las revisiones de Argentina, Chile y Uruguay estaban OK, por lo que se enviaría a la región Latam para su aprobación. Con los gerentes de Latam, no sería tan fácil. Consultaron por varios costos extras, aunque la silla no fue objetada. Continuó viaje a la oficina global. Allí lo recibió el gerente global para su análisis e hizo varias objeciones a distintos costos. Esta vez ese cinco, el caracter que solucionaría los problemas de espalda de Abel, volvió en rojo. Abel se preparó para defenderlo. 

Explicó los motivos del gasto extra y preparó el reporte que reenvió a la subregión, que a la vez luego viajó a la región Latam para que finalice nuevamente en la oficina global. Para suerte de Abel el  gerente global en su oficina londinense aceptó y el cinco pasó a ser azul nuevamente. Llevaba tres batallas ganadas, la última con suspenso, pero ya estaba adentro. Ahora el  gerente global le enviaba la revisión del presupuesto al Board, donde se analizaban las revisiones de todas las empresas del grupo. Allí, desde Manhattan, el jefe supremo evaluaría todos los números de negocio de todas las empresas del grupo. Abel ya estaba sin analgésicos y los dolores, de a poco, volvían.

El jefe supremo, sentado en su super sillón (de bastante más de cinco mil pesos), volvió a poner en rojo el cinco y bajó así por la autopista corporativa: del Board a la oficina global, de ahí a la región, de Latam a la subregión y de allí a Argentina. Abel estaba preocupadísimo. Del stress, la tensión en el cuello se acentuó, y con ésto el dolor. El jefe le dijo que ponga con términos corporativos que el gasto era importante. Abel siguió con las indicaciones. Presionó “Send”, nuevamente el futuro de su espalda viajaba en un byte, dentro de un archivo plagado de números que volvió a atravesar toda la autopista. Llegó nuevamente al último round frente al Board. El jefe supremo se dio cuenta de la insignificancia de esa cifra y la volvió a pintar de azul. “¡Lo conseguí!”, gritó el cinco habilidoso al leer el mail. Llegó a su casa con una alegría desbordante: abrazó a sus hijos, abrió un vino para la cena, le hizo el amor a su mujer y durmió como un bebé, sin necesidad de analgésicos.


A la mañana siguiente, envió al jefe de compras el requerimiento. Trabajó todo el día pensando en la futura adquisición: con apoya brazos de altura regulable, respaldo con riñonera, apoya cabeza móvil, regulación neumática de la altura del asiento, todas las ruedas funcionando, acolchonada. Ese estado de ánimo le duró hasta las cinco de la tarde, hora en que recibió un mail del jefe de compras: el precio de la silla ahora era de cinco mil setecientos pesos y la asignación era de solo cinco mil. Como ya sabía Abel, al superar el diez por ciento del valor lo presupuestado, la compra quedaba pendiente para una nueva aprobación en el presupuesto del año próximo.


Este relato ha sido aportado gentilmente por Gastón Raffo

miércoles, 21 de diciembre de 2016

UN CINCO HABILIDOSO

El partido estaba interrumpiendo una de sus interminables jornadas laborales del cierre mensual, esos días en que no se despega de su computadora, que por horas y horas se abstraía de toda realidad buscando ese claro objetivo: que los números cierren (por algo se llama “cierre mensual”). Si por él fuera no estaría en ese vestuario (el último que había visitado convencido en querer pasar por esa experiencia deportiva había sido quince años atrás), pero le habían insistido mucho (o lo suficiente) como para aceptar. El torneo interno. El orgullo de Administración, de Finanzas y de Recursos Humanos (que compartían equipo) en juego. No los unía el amor, sino el simple hecho de que había muchas mujeres en esos sectores y les costaba llegar a los siete que necesitaban para el partido. “¿Por qué no proponen que se juegue en cancha de cinco?”, había sugerido Abel. Pero las reglas no las iban a imponer ellos, menos con el pretexto de no llegar al número mínimo de jugadores.

Conocedor de su deficiente estado físico, apenas dio el “si” comenzó a ir al pequeño gimnasio del edificio donde vivía. En la terraza, en un rectángulo definido por vidrios y espejos, una bicicleta fija, una cinta para correr y unas pesas conforman el espacio deportivo del inmueble. Se había propuesto hacer, día por medio, unos minutos de cinta, pero su motivación por el deporte solo lo hizo ir un par de veces. Los dolores de espalda tampoco colaboraban con la causa.


Ya no había marcha atrás, estaba a minutos del debut. Luego de las medias, se puso las zapatillas. Brillaban. Se había comprado el calzado ideal para el césped sintético en el que la práctica deportiva se desarrollaría. El pantaloncito era la prenda más ajustada al cuerpo, es que los kilos que había recolectado en los últimos años se le habían concentrado entre la cintura y las rodillas. Se paró, luego de estar inclinado con la cabeza hacia abajo, preparando medias y botines, y se le puso la vista algo oscura. Con un pequeño giro de su cabeza hizo sonar el cuello, echó la cabeza hacia atrás, forzando un poco su columna, y el resultado fue el crujir de las cervicales. Se sentía un tanto oxidado. Caminó hasta la cancha, unos saltitos en el lugar y alguna elongación. Estaba listo.

Su aspiración era ser el cinco del equipo (puesto de mucho trajín), pero su realismo lo condicionó y pidió jugar abajo, siempre tuvo la creencia que los defensores corrían menos. Tampoco confiaba en sus olvidadas habilidades futbolísticas, no estaba como para proponerse de volante de creación.

Comenzó el partido y en los primeros minutos no logró identificar a ningún jugador que se destaque. “Por suerte, parejito…”, pensó, “somos una comunidad laboral homogénea: todos unos pataduras de alta pureza”. De acuerdo al plan, las primeras pelotas que se le acercaron terminaron en la cancha aledaña de los firmes puntinazos aplicados por Abel. Avanzaba el primer tiempo y ganaba seguridad en la posición, incluso en una jugada tuvo que acelerar la marcha para cruzar a un rival que atacaba en diagonal en forma peligrosa. Y llegó. Claro que la pelota terminó afuera de la cancha, tampoco estaba para un quite limpio y salir jugando. Del choque de hombros, el contrario, un muchachito veinteañero, quedó desparramado en el piso. Buenas sensaciones. Terminó la primera parte ahogado y agrandado, en el entretiempo hasta se animó a dar algunas indicaciones a sus compañeros sin prestar atención a que sus fuerzas estaban a punto de sucumbir. Cuando entró nuevamente en la cancha sentía las piernas enyesadas, se habían enfriado y agarrotado. Cinco minutos del complemento y el muchachito, fresco como una lechuga, nuevamente encaró en velocidad. Abel se aprestó para volver a destacarse con un cruce, pero esta vez llegó un poco tarde.
Pisó la pelota en el intento de despeje y se pegó un porrazo memorable. Las piernas se levantaron y cayó seco, de espalda, derecho al suelo, con golpe en la nuca incluido. Partido suspendido y él al hospital.

El médico de guardia le recetó analgésicos desinflamatorios y reposo. Lo mandó al traumatólogo y le adelantó que necesitaba kinesiología y, por cómo lo veía, tenía que cambiar su postura corporal. “Muy probablemente deba hacer RPG”. La recomendación era no trabajar, pero cuando Abel le explicó de sus importantes y urgentes responsabilidades, le advirtió que trabaje en un espacio ergonométrico: con una silla adecuada, que tenga apoyabrazos y apoya cabeza, que sea cómoda; que la pantalla esté elevada, a la altura de los ojos; teclado grande. “Okey, okey, okey”, fue la respuesta de Abel que tomó la receta y se fue, derrotado en cuerpo y alma, a su casa. La noche fue terrible, los calmantes lo dejaron descansar solo de a ratos. Al día siguiente lo esperaba el último día de cierre, debía terminar todos sus balances y reportes.
           
A la mañana, cuando llegó a la oficina, debió soportar estoicamente las preguntas de quienes lo veían entrar estrenando su cuello ortopédico. No sabía qué era lo que más le molestaba: si la preocupación, algo fingida, de algunas compañeras o la explicación técnica de cómo debía proceder en el próximo cruce defensivo por parte de sus compañeros. Esos diálogos le molestaron de sobremanera, aunque lo que le dolió (como volver a caerse) fue la detallada descripción que hizo el tesorero, arquero medio pelo del día anterior, de su fallido intento de despeje: trote duro y forzado, torpe pisada de pelota, desagraciado movimiento de huesos y carnes en el aire, choque corporal contra el césped sintético, ruido a bolsa de papas y posteriores gritos de dolor en medio de un preocupado silencio por la salud del rígido defensor central. Aunque fueron minutos, para Abel fue como la larga ceremonia de un pelotón de fusilamiento a su orgullo.

Tenía el presentimiento que lo peor todavía no había pasado.
           

Este relato ha sido aportado gentilmente por Gaston Raffo