sábado, 22 de abril de 2017

EL AGUA QUE MOJA


En mayo de 2015 subí al blog el relato ACQUAMAN, referido a una anécdota en ocasión de tener que realizar un inventario de combustible almacenado en grandes tanques. A los que no tuvieron oportunidad de leerla, o la quieren repasar, el ícono está a la derecha del blog. Traigo ésta historia al recuerdo, ya que la de hoy tuvo que ver también con otro inventario de combustible en la refinería, y cronológicamente sucedió unos años antes que los hechos de ACQUAMAN.

Era mi primer inventario en una refinería. Me tenía entusiasmado, era algo distinto, con una metodología muy específica, con rasgos aventureros, había que subirse al inmenso tanque a una plataforma a gran altura para realizar la medición, en resumen, un inventario muy especial.

Pero no todo era tan prometedor. Mientras viajaba en tren hacia el destino, el cielo nublado se tornó en tormentoso, y se inició algo parecido al Diluvio Universal. Estaba claro para mí que, en estas horrorosas condiciones, era imposible hacer el inventario. Era una pena hacer todo ese viaje, sabiendo que me harían volver para otro día. Pero formalmente correspondía presentarse, ser informado que se suspendía el inventario y conocer la nueva fecha.

El diluvio no había cedido sino que, por el contrario, estábamos en presencia de un tsunami cuando me anuncié en Portería de la refinería. El encargado buscó mi nombre en una lista, y lo encontró fácilmente. Me señaló un bulto amarillo y me indicó: “Póngase el traje de lluvia y los borceguíes y repórtese en la casilla de mediciones, a unos 200 metros, al lado de ese tanque, que ya están todos esperándolo para iniciar el inventario.”  La noticia me cayó como un balde de agua fría. En realidad, estaban cayendo del cielo baldes de agua fría en forma de lluvia. Me disfracé con esos inmensos y pesados pantalones y piloto grueso e impermeable, como ese traje que usan los motociclistas en días de lluvia, me puse los más pesados borceguíes que me proveyeron, y me dirigí resignado a la casilla. Cuando entré, una multitud (enseguida aclaro el término), todos disfrazados con sus respectivos trajes de lluvia de amarillo patito estaba ahí. Se trataba de una noche muy especial, el Gobierno había dispuesto la nacionalización de la comercialización de combustibles, para lo cual ese inventario era esencial para establecer las respectivas responsabilidades sobre los productos.


Tan importante era que todo el mundo envió representantes. Estábamos: el empleado medidor (único con la experiencia de medir), un empleado de Auditoria interna de la empresa sede central, uno de Auditoria interna de la refinería, uno de Contaduría, uno de YPF y uno del Ministerio de Energía. Completaba el heterogéneo equipo el auditor de la empresa, yo.

Como se habían parado todos los despachos desde la planta comercial de la refinería, y esos inventarios se tomarían como los volúmenes que una parte entregaría a la otra, había que hacerlo llueva o truene (de hecho, llovía y tronaba). Salimos “chapoteando” en dirección a nuestro primer tanque. Era noche cerrada, sin luna que alumbre, excepto por la muy poca luz de las luminarias que cada tanto se dejaban ver a través de la cortina acuosa. Las escaleras metálicas adosadas a los tanques estaban más resbalosas que nunca. Claramente teníamos problemas de infraestructura. Las mediciones de tanques se hacen desde una plataforma ubicada en el techo. Mide aproximadamente 2 (dos) metros cuadrados, preparada para una sola persona (el medidor) y eventualmente una más. Pero, éramos 7 (siete) los que teníamos que acomodarnos en ese reducido, reducidísimo espacio. Cada uno tenía su propia libreta para hacer sus anotaciones independientes de las mediciones. El equilibrio allá arriba era totalmente inestable. Los siete formábamos una sola masa humana tratando de no caernos desde los 10 o 12 metros de altura. Como todos pretendíamos no depender de las anotaciones de los otros, cada uno se arrimaba hasta la boca de medición para verificar lo que la cinta métrica en manos del medidor estaba marcando. Para permitir que cada uno observe la medida, todo el grupo humano debía continuamente rotar haciendo “mini pasos” para evitar la caída. A los problemas de la multitud se agregaba que todos abrían (abríamos)  simultáneamente nuestras libretas y tratábamos inútilmente de anotar las mediciones con lapiceras, molestándonos con nuestros codos y arriesgando la integridad física de la masa humana compacta. Es sabido que las biromes no funcionan sobre un papel húmedo (esto ya era más bien un papel empapado) y menos bajo un diluvio. Anotábamos algo en nuestras libretas, y las metíamos urgente a salvaguarda bajo nuestros disfraces, sabiendo que probablemente serian totalmente ilegibles cuando intentemos transcribirlas en papeles y formularios que certifiquen ese histórico hito en la comercialización de combustibles. Como teníamos que consensuar la medida arriba del tanque, ya que una vez abajo era imposible verificar distintas anotaciones, era necesario sacarnos las inmensas capuchas de los disfraces que no permitían oír, empapándonos mientras gritábamos desaforadamente en medio del atronador sonido de la tormenta. El agua se escurría y acumulaba dentro de nuestro disfraz impermeable, generando un interesante “efecto pecera”.  Mientras tanto, el medidor había traído un lápiz y un paraguas para proteger la boca de medición e intentar escribir en su libreta.


Luego de medir unos tres o cuatro tanques de forma conjunta y absurda, admitimos que el caos en la medición era total e insano. Decidimos que  para las mediciones de los tanques siguientes debíamos ser algo más flexibles en nuestras rígidas posiciones de independencia y admitimos que solo el medidor tome las anotaciones, y que esas sean las válidas para que luego todos las copiemos. Para ello, todos debíamos ver las medidas que señalaba la cinta métrica, por lo que seguíamos haciendo la rotación como una sola masa humana, y también teníamos que leer lo que el medidor escribía con su lápiz en la única y oficial libreta, con lo que él nos la mostraba a cada uno velozmente para que verifique antes que el agua la moje más pese al paraguas. Surgió un nuevo inconveniente. Una de las mediciones clave es la de determinar el volumen de agua que puede estar depositado al fondo del tanque, para lo que se unta la cinta de medición con una pasta que reacciona solo con el agua. Si bien el paraguas disponible se colocaba  cubriendo la boca de medición, por efectos del viento y la tormenta, algunas gotas traviesas siempre circulaban por la cinta y generaban una reacción completa, implicando determinar  inmensos volúmenes inexistentes de agua en los tanques. Suspendimos el inventario por un rato, aguardando que la lluvia amainara un poco, cosa que eventualmente sucedió y pudimos volver a la intemperie enfundados en nuestros disfraces amarillos patito. Trabajamos toda la noche hasta completar las mediciones previstas. El medidor nos permitió luego copiar lo que apenas se leía en su libreta, a nuestros respectivos formularios.



Con los vaivenes que nos caracterizan a los argentinos, lo que nacionalizamos en el sector petrolero fue luego privatizado y más tarde vuelto a nacionalizar y después privatizado. Mientras tanto continué mi trabajo como auditor, y como tal participé en muchos inventarios. Pero, por algún motivo, guardo por éste un especial recuerdo.

domingo, 19 de marzo de 2017

DÓLARES AL POR MAYOR


En esa época estaba suscripto al semanario Newsweek, como una de las distintas variantes e intentos para aprender Inglés como adulto (cito, entre otros, cursos presenciales con profesores nativos (nativos de Bahía Blanca), libros de gramática con kilométricos homework, grupos de conversación en inglés, audio libros, borracheras en bares ingleses y alguna eventual novia de origen estadounidense). Como suscriptor recibía de tiempo en tiempo distintas propagandas e invitaciones. En todo ese tiempo, la que más me llamó la atención fue una carta de formato alargado que, al abrirla descubrí lo que parecía ser un cheque a mi nombre, con membrete de un banco estadounidense y firmado por la friolera cifra de US$ 100.000.000. Lo ratifico y se los digo en letras: Cien millones de dólares.

Al leer el cheque por octava vez, vi que si bien estaba a mi nombre con el apellido correctamente deletreado, indicaba, en lugar del tradicional “Pay to: “, un “Do not Pay yet to:”, y al darlo vuelta indicaba que si jugaba a la Lotería de California, algún día podría recibir verdaderamente un auténtico cheque por ese importe. Luego de la obvia frustración, opté por colocarlo en lugar visible de mi oficina, como un objeto decorativo y anecdótico.

Poco tiempo después, un colega y amigo entró a mi oficina. Luego de los saludos y algún comentario, sus ojos quedan congelados en la imagen del cheque. Azorado y sin quitarle la mirada, inició el siguiente diálogo:

─ ¿Qué es eso?

─ ¿Eso? Un cheque que me llegó el otro día ─dicho como si fuera la cosa más normal del mundo.

─ Pero….está a tu nombre.

─ Si, claro ─le respondí con un tono indiferente.

─ Y dice cien millones de dólares.

─ Si, cien ─expresado con la serenidad de un monje budista en el Tíbet.

─ ¿Y qué c&%$%*# estás esperando para cobrarlo?

─ ¿No vés que es de un banco de Estados Unidos?

─ ¡Pedazo de p&%$#=@, un pasaje te sale menos de mil quinientos dólares, y estamos hablando de cien millones de dólares! ─me gritó con su rostro ya totalmente colorado.

─ Es que habría que viajar hasta ahí. Son varias horas de vuelo. Me aburre mucho, me da claustrofobia.

─ ¡Son cien palos verdes (forma en que se los denominaba coloquialmente en esa época)! ¡No podes ser tan i°&%$*+@! ─bramó ya totalmente fuera de sí, con el rostro atomatado, transpirado y con las venas del cuello hinchadisimas.

Terminé por contarle la verdad por temor a que se me infarte ahí mismo. Pronto la noticia se difundió por el estudio, y todo el personal desfiló por mi oficina con alguna excusa inverosímil, para poder ver con disimulo, o sin disimulo, el apócrifo cheque.




Hasta el día de hoy me pregunto qué hubiera sucedido si me hubiera suscripto a la Lotería de California.

sábado, 18 de febrero de 2017

NEGLIGENCIAS POR PARTIDA DOBLE


Estábamos haciendo una auditoria operativa en la refinería de una petrolera. Interesante, un trabajo distinto de las auditorias normales de estados contables. Sin tantos números, enfocados más a los sistemas de control de los distintos tipos de transacciones. Esa mañana nos enteramos del “chisme” del día, que corrió como reguero de pólvora, o debiera decir como reguero de petróleo: la noche anterior un barco petrolero que estaba  esperando su turno para entrar a puerto, había sido chocado por arriba de la línea de flotación y a varios metros de las cisternas, por otro barco carguero, que aparentemente no había dado indicaciones correctas de sus maniobras. Afortunadamente para todos, si bien fue un choque importante, no hubo heridos que lamentar y no llegó a explotar ni incendiarse ningún barco. Como situación anecdótica, cierta o que mereció ser cierta, se contaba que un tripulante del barco petrolero se había despertado para cumplir con un llamado de la Naturaleza,  y mientras estaba sentado en el inodoro, la proa del otro barco carguero irrumpió de un modo brusco en su camarote. Vaya sorpresa. Por decoro, no voy a decir lo que se comentaba que había sucedido con el sorprendido marino.


Supimos que el barco petrolero había sido remolcado, y que en ese momento estaba estacionado en el muelle próximo a la refinería, donde tendría que estar un buen tiempo hasta completar sus reparaciones. Al terminar el trabajo del día y volver a nuestros domicilios, decidimos (éramos tres auditores en un solo auto) lógicamente modificar el camino de retorno, y desviarnos brevemente para pasar por el muelle y observar los daños del choque, asumiendo que la “abolladura” estuviera del lado del muelle y no del lado del agua. Conducía otro de los compañeros, yo estaba de copiloto, y el otro auditor atrás. Llegamos al muelle, allí estaba el imponente barco petrolero que casi había protagonizado otro “Titanic”. Disminuimos por supuesto la velocidad, para poder observar con comodidad las huellas del accidente. 


Al lado del barco, estaba estacionado en el muelle un camión cisterna de la empresa petrolera, con su conductor fuera de la cabina. Seguíamos muy lentamente, en primera velocidad, comentando lo que estábamos viendo los tres, y seguramente haciendo alguna acotación sobre el suertudo  tripulante.  Nuestra trayectoria nos llevaba en línea recta al camión cisterna. El compañero que conducía estaba observando el choque del barco, dejando completamente de mirar al frente, y avanzando francamente hacia el camión de combustible. El conductor del cisterna observaba, incrédulo, como nuestro vehículo, con tres pasajeros que miraban al barco únicamente, a menos de 20Km/hora se dirigía negligentemente (por decir algo suave) y en línea recta hacia el camión estacionado.

A unos cinco metros de distancia del inminente choque, me percaté que ninguno de los tres observaba al frente, miré hacia adelante y vi al cisterna. Atiné a gritar “¡Cuidado!”, y mi compañero dio el “volantazo” salvándonos del cuasi desastre al que nos dirigíamos. Creo que al conductor del camión le dio un infarto o algo así.



Sé que fue una negligencia, pero admitamos que ustedes, en las mismas circunstancias, también hubieran dado la vuelta por el muelle para ver el barco, aunque seguramente, con un poco más de precaución.

martes, 31 de enero de 2017

UN CINCO HABILIDOSO - PARTE II

¡ALTO! Si usted no ha leído la PARTE I de  UN CINCO HABILIDOSO, le sugiero que detenga su lectura y no siga adelante. En la parte derecha del Blog aparecen las entradas anteriores, fue publicada en diciembre 2016, búsquela, léala y vuelva para aquí una vez terminado. Aproveche para leer las anécdotas que todavía no leyó.
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Al día siguiente, con el cierre cerrado y el reporte reportado, se propuso mejorar su puesto de trabajo. Recuperó el teclado, hizo comprar un mouse, subió el monitor encima de unos libros rubricados para ganar altura. El primer problema estaba resuelto. Le quedaba la silla que no cumplía ni uno de los requisitos que el médico le había recomendado.

Solo contaba con la última de las pastillas que le habían recetado. Sin la dosis que le hubiera tocado a media tarde, los dolores reaparecieron. Le aplicaron una inyección que también hubiera calmado a un dolorido caballo. El médico atacó con más analgésicos, kinesiología y la firme recomendación de un puesto de trabajo en condiciones ergonométricas. 

Había terminado de entender la importancia de cambiar su silla. Sabía que no sería fácil. No había ni un peso destinado a estos activos en el presupuesto y, estando a mitad de año, sería muy difícil incorporar ésta (para él) importante inversión. Como en todos los junios, sería la revisión del presupuesto, sabía que esa era su única oportunidad, por lo menos durante el año.
        
Su plan comenzó con una conversación con su jefe con el claro objetivo de sensibilizarlo (tarea difícil). Nada, ningún gasto que estuviera fuera del presupuesto, era algo aprobable por el jefe, quién se preguntó “¿Para qué está Abel?”: para generar ahorros, no para evitarlos. Pero recordó la torpeza del porrazo que se había pegado en el torneo organizado por la empresa y accedió a analizar la situación. Al día siguiente su jefe lo llamó y le dijo que, como lo consideraba un “recurso de gran valía”, lo autorizaba a poner en la revisión del presupuesto cinco mil pesos para cubrir el gasto para una silla ergonométrica.

Abel estaba feliz, el médico le había dicho que los analgésicos no los podía tomar por más de diez días o su aparato digestivo explotaría. Las aprobaciones de la revisión tardarían más, pero había una posibilidad de victoria. Fue a la planilla, buscó entre el centenar de conceptos de gastos y digitó en la línea de “equipamiento de oficina” un cinco como un gasto extra. La inflación había hecho que las planillas comiencen a hacerse difíciles de leer, así que ahora los números se expresaban en miles. Un cinco, era cinco mil: sus cinco mil pesos: su silla. Cuando presionó “Enter” miró al número, a ese simple caracter, y le pidió que vuelva aprobado, que él lo necesitaba. Terminó el reporte, y su jefe lo aprobó y lo envió a la subregión para aprobación. Allí viajaba su esperanza, en un byte. Un número entre miles. Un cinco.

A los dos días tuvo la respuesta de la subregión. Las revisiones de Argentina, Chile y Uruguay estaban OK, por lo que se enviaría a la región Latam para su aprobación. Con los gerentes de Latam, no sería tan fácil. Consultaron por varios costos extras, aunque la silla no fue objetada. Continuó viaje a la oficina global. Allí lo recibió el gerente global para su análisis e hizo varias objeciones a distintos costos. Esta vez ese cinco, el caracter que solucionaría los problemas de espalda de Abel, volvió en rojo. Abel se preparó para defenderlo. 

Explicó los motivos del gasto extra y preparó el reporte que reenvió a la subregión, que a la vez luego viajó a la región Latam para que finalice nuevamente en la oficina global. Para suerte de Abel el  gerente global en su oficina londinense aceptó y el cinco pasó a ser azul nuevamente. Llevaba tres batallas ganadas, la última con suspenso, pero ya estaba adentro. Ahora el  gerente global le enviaba la revisión del presupuesto al Board, donde se analizaban las revisiones de todas las empresas del grupo. Allí, desde Manhattan, el jefe supremo evaluaría todos los números de negocio de todas las empresas del grupo. Abel ya estaba sin analgésicos y los dolores, de a poco, volvían.

El jefe supremo, sentado en su super sillón (de bastante más de cinco mil pesos), volvió a poner en rojo el cinco y bajó así por la autopista corporativa: del Board a la oficina global, de ahí a la región, de Latam a la subregión y de allí a Argentina. Abel estaba preocupadísimo. Del stress, la tensión en el cuello se acentuó, y con ésto el dolor. El jefe le dijo que ponga con términos corporativos que el gasto era importante. Abel siguió con las indicaciones. Presionó “Send”, nuevamente el futuro de su espalda viajaba en un byte, dentro de un archivo plagado de números que volvió a atravesar toda la autopista. Llegó nuevamente al último round frente al Board. El jefe supremo se dio cuenta de la insignificancia de esa cifra y la volvió a pintar de azul. “¡Lo conseguí!”, gritó el cinco habilidoso al leer el mail. Llegó a su casa con una alegría desbordante: abrazó a sus hijos, abrió un vino para la cena, le hizo el amor a su mujer y durmió como un bebé, sin necesidad de analgésicos.


A la mañana siguiente, envió al jefe de compras el requerimiento. Trabajó todo el día pensando en la futura adquisición: con apoya brazos de altura regulable, respaldo con riñonera, apoya cabeza móvil, regulación neumática de la altura del asiento, todas las ruedas funcionando, acolchonada. Ese estado de ánimo le duró hasta las cinco de la tarde, hora en que recibió un mail del jefe de compras: el precio de la silla ahora era de cinco mil setecientos pesos y la asignación era de solo cinco mil. Como ya sabía Abel, al superar el diez por ciento del valor lo presupuestado, la compra quedaba pendiente para una nueva aprobación en el presupuesto del año próximo.


Este relato ha sido aportado gentilmente por Gastón Raffo

miércoles, 21 de diciembre de 2016

UN CINCO HABILIDOSO

El partido estaba interrumpiendo una de sus interminables jornadas laborales del cierre mensual, esos días en que no se despega de su computadora, que por horas y horas se abstraía de toda realidad buscando ese claro objetivo: que los números cierren (por algo se llama “cierre mensual”). Si por él fuera no estaría en ese vestuario (el último que había visitado convencido en querer pasar por esa experiencia deportiva había sido quince años atrás), pero le habían insistido mucho (o lo suficiente) como para aceptar. El torneo interno. El orgullo de Administración, de Finanzas y de Recursos Humanos (que compartían equipo) en juego. No los unía el amor, sino el simple hecho de que había muchas mujeres en esos sectores y les costaba llegar a los siete que necesitaban para el partido. “¿Por qué no proponen que se juegue en cancha de cinco?”, había sugerido Abel. Pero las reglas no las iban a imponer ellos, menos con el pretexto de no llegar al número mínimo de jugadores.

Conocedor de su deficiente estado físico, apenas dio el “si” comenzó a ir al pequeño gimnasio del edificio donde vivía. En la terraza, en un rectángulo definido por vidrios y espejos, una bicicleta fija, una cinta para correr y unas pesas conforman el espacio deportivo del inmueble. Se había propuesto hacer, día por medio, unos minutos de cinta, pero su motivación por el deporte solo lo hizo ir un par de veces. Los dolores de espalda tampoco colaboraban con la causa.


Ya no había marcha atrás, estaba a minutos del debut. Luego de las medias, se puso las zapatillas. Brillaban. Se había comprado el calzado ideal para el césped sintético en el que la práctica deportiva se desarrollaría. El pantaloncito era la prenda más ajustada al cuerpo, es que los kilos que había recolectado en los últimos años se le habían concentrado entre la cintura y las rodillas. Se paró, luego de estar inclinado con la cabeza hacia abajo, preparando medias y botines, y se le puso la vista algo oscura. Con un pequeño giro de su cabeza hizo sonar el cuello, echó la cabeza hacia atrás, forzando un poco su columna, y el resultado fue el crujir de las cervicales. Se sentía un tanto oxidado. Caminó hasta la cancha, unos saltitos en el lugar y alguna elongación. Estaba listo.

Su aspiración era ser el cinco del equipo (puesto de mucho trajín), pero su realismo lo condicionó y pidió jugar abajo, siempre tuvo la creencia que los defensores corrían menos. Tampoco confiaba en sus olvidadas habilidades futbolísticas, no estaba como para proponerse de volante de creación.

Comenzó el partido y en los primeros minutos no logró identificar a ningún jugador que se destaque. “Por suerte, parejito…”, pensó, “somos una comunidad laboral homogénea: todos unos pataduras de alta pureza”. De acuerdo al plan, las primeras pelotas que se le acercaron terminaron en la cancha aledaña de los firmes puntinazos aplicados por Abel. Avanzaba el primer tiempo y ganaba seguridad en la posición, incluso en una jugada tuvo que acelerar la marcha para cruzar a un rival que atacaba en diagonal en forma peligrosa. Y llegó. Claro que la pelota terminó afuera de la cancha, tampoco estaba para un quite limpio y salir jugando. Del choque de hombros, el contrario, un muchachito veinteañero, quedó desparramado en el piso. Buenas sensaciones. Terminó la primera parte ahogado y agrandado, en el entretiempo hasta se animó a dar algunas indicaciones a sus compañeros sin prestar atención a que sus fuerzas estaban a punto de sucumbir. Cuando entró nuevamente en la cancha sentía las piernas enyesadas, se habían enfriado y agarrotado. Cinco minutos del complemento y el muchachito, fresco como una lechuga, nuevamente encaró en velocidad. Abel se aprestó para volver a destacarse con un cruce, pero esta vez llegó un poco tarde.
Pisó la pelota en el intento de despeje y se pegó un porrazo memorable. Las piernas se levantaron y cayó seco, de espalda, derecho al suelo, con golpe en la nuca incluido. Partido suspendido y él al hospital.

El médico de guardia le recetó analgésicos desinflamatorios y reposo. Lo mandó al traumatólogo y le adelantó que necesitaba kinesiología y, por cómo lo veía, tenía que cambiar su postura corporal. “Muy probablemente deba hacer RPG”. La recomendación era no trabajar, pero cuando Abel le explicó de sus importantes y urgentes responsabilidades, le advirtió que trabaje en un espacio ergonométrico: con una silla adecuada, que tenga apoyabrazos y apoya cabeza, que sea cómoda; que la pantalla esté elevada, a la altura de los ojos; teclado grande. “Okey, okey, okey”, fue la respuesta de Abel que tomó la receta y se fue, derrotado en cuerpo y alma, a su casa. La noche fue terrible, los calmantes lo dejaron descansar solo de a ratos. Al día siguiente lo esperaba el último día de cierre, debía terminar todos sus balances y reportes.
           
A la mañana, cuando llegó a la oficina, debió soportar estoicamente las preguntas de quienes lo veían entrar estrenando su cuello ortopédico. No sabía qué era lo que más le molestaba: si la preocupación, algo fingida, de algunas compañeras o la explicación técnica de cómo debía proceder en el próximo cruce defensivo por parte de sus compañeros. Esos diálogos le molestaron de sobremanera, aunque lo que le dolió (como volver a caerse) fue la detallada descripción que hizo el tesorero, arquero medio pelo del día anterior, de su fallido intento de despeje: trote duro y forzado, torpe pisada de pelota, desagraciado movimiento de huesos y carnes en el aire, choque corporal contra el césped sintético, ruido a bolsa de papas y posteriores gritos de dolor en medio de un preocupado silencio por la salud del rígido defensor central. Aunque fueron minutos, para Abel fue como la larga ceremonia de un pelotón de fusilamiento a su orgullo.

Tenía el presentimiento que lo peor todavía no había pasado.
           

Este relato ha sido aportado gentilmente por Gaston Raffo

viernes, 23 de septiembre de 2016

PICANTES CONFESIONES


Nunca me caractericé por tener una resistencia marcada a la comida picante o muy condimentada. En realidad, debería admitir mi casi nulo aguante en relación a todo lo “hot”. Me refiero a comidas. Van algunos ejemplos.

La Paz, Bolivia                                                                            

Había llegado hace poco a La Paz. Antes de ir a la oficina, fui a almorzar a lo que parecía ser un buen restaurante local. Fui muy bien recibido. Ordené comida “tranquila”, algo bien liviano. El mozo trajo a la mesa unos platitos con algo para “matar el hambre” mientras esperaba la comida. Eran unas pequeñas tostadas, un platito con manteca, y un platito con una pasta roja no totalmente disuelta. En mi ingenuidad, e ignorancia sobre comida boliviana andina, asumí que se trataba de tomate con trocitos de cebolla. Unté generosamente una tostada y le di un buen mordiscón. De inmediato sentí toda mi boca arder, los labios y la lengua quemaban y mis ojos lagrimeaban. Me tomé toda la bebida que tenía en la mesa y tardé varios minutos en recomponerme y amainar el fuego.
Había comido “llajwa o llajua boliviana”, una rica salsa picante andina que allí acompaña casi todo plato tradicional, y no tradicional.   Se prepara con tomate, una ramita de hierba aromática como la quirquiña, y lo más importante, el locoto (ají picante rojo o amarillo, o chile, o ají pu… par.., según el lugar), que si se les deja las semillas al moler todos los ingredientes, es especialmente picante. Incluso hay un mito local que dice que si el cocinero insulta al locoto con palabras soeces al molerlo, la llajwa sale más picante. Sin duda, el que preparó la mía, la había maldecido contundentemente.



Recife, Brasil


Fui a trabajar por unos muy pocos días a Brasil. Era mucho lo que había que hacer y escaso el tiempo. Se hizo el mediodía y les pedí a la gente de la empresa que me trajeran alguna comida para ingerir allí en la oficina, mientras siguiera con mis tareas. Quisieron quedar bien conmigo, y me trajeron una cajita con sushi. Quedé completamente solo durante el horario de almuerzo, por lo que aproveché para abrir mi sushi. No tenía mayor experiencia con comida japonesa, y fui probando las distintas piezas que encontré bien sabrosas. Hasta ahí, todo bien.  La caja contenía, además de las piezas de sushi, una pelotita de crema verde. Asumí que esa pasta verde era palta pisada transformada en un exquisito guacamole. ¿Qué otra cosa podía ser? Como siempre el guacamole me ha parecido sabroso, tomé con tenedor una muy buena porción, y en contados segundos unos vapores ardientes subieron por mis conductos nasales, laringe, faringe y supongo cerebro también, haciéndome sentir que me incendiaba. El wasabi, condimento japonés extraído de un rábano picante, que de eso se trataba la pasta verde, hizo estragos en mi. Tomé lo poco que me quedaba de gaseosa, y salí desesperado por las oficinas a la búsqueda de más líquido.
Bebí restos de bebidas de otros escritorios, remanentes de tazas de café y probablemente el agua de algún florero. El sushi me sigue gustando, pero aprendí la lección y jamás volví a probar esa pasta verde que sirven en el plato. Como dice un antiguo dicho (¿japonés?) “El que se quemó una vez con la sopa, después sopla hasta la sandía”



Cochabamba, Bolivia

Y ya que hablamos de sopa, por último un recuerdo originado en un trabajo en una empresa grande en Cochabamba. Tenían comedor en la planta industrial, y el gerente general me invitó gentilmente a almorzar con él. Para mi espanto, solo servían comida tradicional boliviana, y no era cuestión que el argentino “flojazo” solicite régimen especial. El plato principal era sopa de maní, que como podrán imaginar a esta altura, era una comida picantona que se prepara con osobuco, papas, arvejas, zanahorias, maní, pimientos rojos y verdes, pimienta y algún otro ingrediente como para darle más sabor. Estaba charlando con el gerente cuando probé mi primera cucharada sopera, abundante, como para demostrar que no me achicaba el desafío. Quedé mudo, sin respiración, mi frente se inundó de sudor y de mis ojos brotaban incontenibles lágrimas. Mi rostro enrojeció y tuve que tranquilizar al gerente confirmado que no me pasaba nada, mientras para mis adentros me incineraba.


Claramente, lo mío, es el pollito hervido con puré de papa.

lunes, 29 de agosto de 2016

AJUSTE “A LA URUGUAYA"


La inflación no es un tema nuevo en Argentina, ni en otros países vecinos. Así fue que, en tiempos que aún no estaba masificado el uso de hojas de cálculo electrónicas (Multiplan, QuattroPro, Lotus 1-2-3, Excel, etc.), un socio de la firma construyó una planilla para el cálculo de los estados contables ajustados por inflación, conforme a las normas técnicas. Todavía no había nada igual en el mercado. Fui capacitado en su uso, de forma de ayudar en las demostraciones que hacíamos para la venta del producto.


La gente de nuestra oficina de Uruguay, donde también les aquejaba la inflación y se requería el ajuste contable, consideró que una presentación del innovador producto podría ser una excelente forma de atraer nuevos clientes para la firma. Por ello, organizó una visita mía a Montevideo con unas dos semanas de anticipación invitando a los Gerentes Generales y Controllers de varias empresas que eran sus targets desde hacía varios años.

Dos días antes del viaje me “pesqué” una gripe atroz con alta fiebre y un estado general desastroso. Hubo que llamar a cada uno de los directivos para disculparse y arreglar una nueva fecha. No fue una buena decisión. Algo sucedió con un vencimiento inesperado que las autoridades habían requerido y todo el mundo debía dedicarse a eso, por lo que hubo varias deserciones y se optó por llamar al resto y pasarlo para otra fecha, la definitiva. Se programaron dos presentaciones mías. Una a las 8y30 y la otra a las 14hs. Saqué pasaje como para llegar a las 20hs de la noche anterior, cenar e ir a descansar temprano de forma de estar “diez puntos” para el día siguiente.

El vuelo venía completo. El día estaba muy muy nublado, más que nublado, el cielo estaba totalmente  negro, el viento y los relámpagos anunciaban lo que estaba por venir. Despegamos, y lo que estaba por venir, vino. El avión se agitaba y movía frenéticamente.  Algo así como el movimiento del relato publicado en el blog en septiembre de 2015 “Desconocida conocida”, que les recomiendo leer si no lo hicieron antes. Por las ventanillas solo se veían las escalofriantes nubes y el relampagueo. El capitán no hablaba mientras pasaban los minutos y no se escuchaba el ansiado mensaje de que estuviéramos por aterrizar en Montevideo. Transcurrieron más de dos horas hasta que la anhelada voz del capitán resonó en una cabina que estaba muda. Comentó que debido al mal tiempo (ya nos habíamos dado cuenta de ello…), había intentado diversas rutas tratando de desviarse de la tormenta, pero que no lo había logrado, por lo que emprendía la vuelta a Buenos Aires, para reabastecerse y volver a intentarlo por otra ruta.
Allí fue que escuché el siguiente diálogo entre un pasajero y la azafata, que es toda una lección de pensamiento racional.
   Perdón, señorita. Como el vuelo se ha prolongado tanto, van a servir una cena?
   No señor. Como el vuelo estaba programado solo para 35 minutos, no traemos ninguna comida a bordo.
   Espero que la aerolínea no considere lo mismo para todo, ya que si solo tenemos combustible para media hora, porque el vuelo estaba programado solo para 35 minutos, mejor avisarle al capitán que llevamos acá arriba más de dos horas…

El avión aterrizó finalmente en Buenos Aires. Nos quedamos abordo mientras reabastecían. Hubo algunos pasajeros que se bajaron y seguramente dijeron “Mañana será otro día”. Yo no podía fallarles a los uruguayos, la charla era a primera hora de la mañana y ya se había suspendido demasiado. Me quedé. Algunas demoras más, supongo que esperando que milagrosamente se abriera una brecha en la negrura y tengamos un camino despejado. No sucedió, pero partimos igual con los restantes pasajeros que quedamos. 

Mientras tanto, en Montevideo, el socio de la firma uruguaya que había organizado todo estaba lógicamente desesperado. Mi vuelo no había llegado, ya era más de medianoche y no había posibilidad de suspender antes que los directivos de los potenciales clientes llegaran y se encuentren con que no tendrían su charla. Poco serio. Esos clientes “target” estarían tan enojados que necesitarían otros 20 años para que una nueva generación de directivos tome el mando para que se olviden de ese incidente. Se fue a dormir sin saber si el desastre se consumaría.


El nuevo vuelo llegó a Montevideo a eso de la 1 y 30 de la madrugada. Fui a dormir sin cenar.

Al día siguiente fui temprano a la oficina. El socio uruguayo me vio llegar como a un resucitado Lázaro. Las dos presentaciones se hicieron sin problemas y luego supe que se vendieron algunos ejemplares del software y se generaron los contactos para aspirar a futuras relaciones profesionales. Volví a casa con la sensación del deber cumplido.


La venta del software fue declinando con el tiempo. No estoy seguro si fue porque se acabó la inflación, o por la difusión generalizada del Excel.